Al salir del supermercado
Hoy, al salir del supermercado, una señora con un abrigo gris de buen corte, se giró y se dirigió a mí. En un primer momento pensé que me pediría la hora o algo así de banal entre dos personas de “clase media”. Pero pronto me encontré con su mirada que reflejaba una profunda vergüenza. Me dijo: por favor, ¿puedes comprarme algo de comida?. Le pregunté qué necesitaba. Sus palabras, casi susurradas para que no se le escapase entre ellas la poca dignidad que creía que le quedaba, me devolvieron a la realidad. “Leche, pan, lo que usted pueda”. El alma a los pies. Cuando salí y le di la bolsa, se empañaron sus ojos, y los míos. Ni siquiera pude decirle ánimo. Nudo en la garganta. Algo se ha roto. Malditos bancos, malditos políticos, maldito neoliberalismo, darwinismo social. Había oído el caso de ese hombre en Grecia que se suicidó en una plaza pública para que todos supiesen que, después de trabajar toda la vida, se negaba a buscar comida en la basura, quise pensar que era una excepción. Había oído que si la situación no acababa de explotar en España era por la fuerte cohesión familiar que tenemos, aunque para eso quedaba poco, y quise pensar que esa situación realmente no llegaría. Pero ha llegado. Hoy, al salir del supermercado, una señora con un abrigo gris de buen corte, me pidió que le comprase comida, completamente avergonzada. Si no es a ti, le pasará a un vecino o a un amigo. Porque ese momento ha llegado. Hoy lo he visto. ¿A qué estamos esperando?