Tragicomedia de una villa con hambre, mucha hambre
Hemos vuelto a la vida proletaria de la Revolución Industrial. Al Manchester de los años negros, oscuros, del acero y del hierro. De los martillazos y las minas, del polvo negro y el sudor de los pobres. Aquel mundo de chimeneas humeantes lanzando el hollín que entraba en la ropa, en la piel y en la sangre y aparecían enfermedades que se cargaban a la plebe, al pueblo, a los pobres. Los nobles y empresarios dictaban las leyes, las normas, y se acataban o se moría. Se salía de una sociedad que no tenía otra, y las masas se agolpaban esperando la cartilla y el salario. Un mendrugo de pan que empapar en agua para hacer sopas, y huesos para hacer un caldo. Nos hemos rebajado a perder nuestros derechos, nuestras categorías, nuestras expectativas, nuestro sentido. Aquellos altos hornos y fábricas de ladrillo cocido quedaron atrás hace tres siglos. Tres siglos en los que las masas se unieron, se organizaron y consiguieron poco a poco mejoras y respeto. Derechos y una mejor calidad de vida. Pero parece que no han cambiado tanto las cosas. O al menos, Manchester puede ser León. Y ese León puede ser cualquier pueblo alrededor. Llamémoslo “La Villa” a secas, sin más. “La Villa”. Allí, una entidad pública, organizada en funcionariado y personal laboral, donde se cree que no está tan afectado por la crisis, y organizados sus trabajadores por categorías, se desatiende dicha organización y cualquiera puede pasar de un lado a otro por puro amiguismo. Cualquiera cobra más salario porque uno de los empresarios así lo quiso, y quien le sucedió, no quiso poner las cosas en su sitio y permitió que así siguiesen las cosas. Que aumentase el desnivel entre mismos compañeros dentro de una misma categoría. Por hacer lo mismo. A ti sí, y al otro, no. Claro que no. Cada cual lucha por lo suyo. Cada cual se va embarrando en su misma mierda pelotera, y cuando está enfangado hasta la cintura (algunos hasta el cuello) se acuerdan del sindicato, de sus compañeros, de esos a quienes miraba de reojo, sobre los que planeaba oteando desde las alturas. Esta semana, desde arriba, desde donde se dictan las órdenes, se lanzó más mierda sobre los trabajadores. Y sin decir quién lo ordena entre tantos jerifaltes, se ofrece a unos, no a otros. A los de oficinas, no a los de la calle. No a policías. No a obreros. No a maestras. No a jardineros… Se ofrece actuar de carteros, de notificadores eventuales. Porque urge, porque no se hace a tiempo. Porque tanto recortaron antes que se quedaron sin repartidores. Y ahora, sin contrato, sin seguro, sin una orden y sin explicar de dónde llegará la orden y el salario, los voluntarios de oficinas llamarán a las puertas entregando una carta, un aviso, una nota, porque a coste y premio de un euro por carta entregada el empresario hunde más a todos, sin proponerlo a todos por igual entre sus trabajadores, porque siendo el reparto fuera del horario laboral, bien le iría a aquel que cobra menos. Al otro que apenas llega a fin de mes. Y a aquellos que no están tan hundidos. ¿Igualdad, dónde? ¿Categorías, cuáles? ¿Por qué a unos sí y a otros no? ¿Qué reconocimiento tiene el actual notificador si cualquiera puede desempeñar su trabajo? ¿Se imaginan que se agolpa el trabajo a un empresario, concejal o alcalde y se ofrece al trabajador ocupar su puesto para sacarlo adelante? ¿Hasta dónde puede caer el posicionamiento y lucha de cada uno por sacarse unos euros de más de manera oscura, sin haber dado la oportunidad a otros que denomina compañeros? En este plan, miedo da la tan sonada Relación de Puestos de Trabajo. ¿Todos notificadores? ¿Y la posible oferta de empleo? Se prevé lucha voraz y sin sentido. Por hacer las cosas así. Sin sentido, o con mucho sentido, más bien, porque el desconcierto y la lucha entre iguales hace al proletariado más débil y provoca de nuevo que todos estén dándose codazos por ese mendrugo de pan de hace tres siglos. La crisis incrementa más la desigualdad entre las clases, y se dejan ver más las clasificaciones dentro de igual categoría. Cualquier incremento ahora sí es visible o a él se recurre en pequeños corrillos y cuchicheos envidiosos. La gente lo ve. La gente de “La Villa” se percata y percibe alteración en la empresa pública. Los trabajadores susurran, hay un siseo que baja por las escaleras, que sube por el hueco del ascensor, que sale por debajo de las puertas de los despachos, que hace eco en el nuevo edificio... La situación divide a las masas, que sin una fuerza común hacen más grande al que dicta las normas y ante una huelga general que parece no tendrá repercusión en “La Villa”, el jefe no hace más que reírse y descorchar otra copa en su despacho por un nuevo triunfo fuera del hollín, el fango, y una villa, “La Villa”, con hambre, eso se dice, mucha hambre. Epitafio de “La Villa”: La lucha llegará arriba, también entre los jefes. Y no tardará mucho en cambiar el viento. Se acerca el invierno y más de uno puede que no coma el turrón en su despacho. Quizás entonces se acuerden de esos euros venenosos que entregaron a unos notificadores voluntarios y marcados, señalados por los demás, hundidos en ese fango público que os dije antes, y de lo bien que les hubiesen ido a ellos, tan bien como se les da eso de ir de puerta en puerta cuando se acercan las elecciones.