Diario de León
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León

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Desde hace tiempo vivimos en un estado de indignación permanente y no nos faltan razones, a cada uno las nuestras. En la que más coincidimos es en la indignación hacia los políticos, hacia la mayoría de los políticos. Vivimos peor que hace unos años, hay más dificultades laborales, tenemos menos beneficios, pagamos más impuestos, los pensionistas tienen que pagar más medicamentos, muchos de los cuales ni siquiera están subvencionados; en la enseñanza no hay un solo sector que esté satisfecho, en la sanidad si los profesionales están que trinan, los pacientes están absolutamente desvalidos, los autónomos tienen un nombre muy bonito pero que en realidad es sinónimo de aislamiento, abandono... En la calle los ciudadanos cuando hablan, lo hacen con desencanto unas veces y con desesperación muchas. Es una suerte poder echarle la culpa a alguien. Solemos hacerlo a los políticos, a los gobernantes, a la sociedad... Pero las culpas tienen nombres y apellidos de personas que pasan desapercibidas, aparentemente anónimas, que no suelen salir en los telediarios, ni en los periódicos, ni en las redes sociales. Para que cambie nuestra sociedad, para que cambie el mundo hace falta mucho más que partidos como PP, PSOE, IZQUIERDA UNIDA, PODEMOS, UPyD, CIUDADANOS y las decenas de partidos que acuden a las elecciones con la vocación o la ambición de representarnos. Ya es hora de que dejemos de echar la culpa a la crisis, a los recortes, a los políticos... Por supuesto tienen su porción de culpa en nuestra situación. Pero ya es hora de que cada uno hagamos bien nuestro trabajo, el que sea, con honestidad, cumpliendo con nuestro deber, sin eufemismos, haciendo bien nuestra labor, sintiéndonos honrados haciendo bien lo que tenemos que hacer bien, orgullosos de nosotros por hacerlo de buen grado, si es de cara al público, siempre con una sonrisa, con amabilidad, con educación, con tacto, con paciencia. Hay profesiones en las que debería estar penado el mal trato, los malos modales, la falta de empatía y la falta de delicadeza hacia las personas. En primer lugar, en el campo sanitario, es absolutamente inconcebible, inhumano, vergonzoso que se trate a las personas ya no como animales sino como auténticas piedras, que se traten como un número, o como una patología. Los enfermos no son su enfermedad, son personas que están sufriendo, con familiares que están sufriendo también. La escasez de recursos humanos o de medios,la crisis, cobrar menos... no justifican un trato vejatorio muchas veces y más aún a personas mayores que tienen que soportar comentarios improcedentes como "¿qué quieres para la edad que tienes o con las enfermedades que tienes?", con esta frialdad y con este tuteo desconsiderado totalmente y pronunciado desde el pedestal. Cualquiera que se dedique al campo de la medicina, auxiliares, enfermeros, médicos, tienen que tener una exquisitez en el trato con las personas, tienen que estar hechos de una pasta diferente, más humana, justamente porque conocen lo que es la vulnerabilidad humana. La prueba de que es posible, son todos los médicos, enfermeros, auxiliares, voluntarios que se van a países del tercer mundo con una escasez de medios apabullante y realizan su labor profesional de la forma más exquisita, humana, competente y sin quejas ni lamentos. Es inconcebible en el siglo XXI con la cantidad de medios que existen, que se enseñe a niños, adolescentes, jóvenes, universitarios de la forma en que se enseña. Sin transmitir el más en mínimo entusiasmo, sin convencer de que realmente la elección que han hecho es la correcta, sin enamorar a los alumnos de la materia que uno imparte, sin dedicar más tiempo al que más lo necesita, sin caer rendidos a la vanidad de enorgullecerse de los alumnos brillantes en vez de disfrutar de la satisfacción del progreso de los alumnos con más dificultades. Cualquier trabajo, absolutamente cualquiera, repercute positiva o negativamente en los demás: una traba en una gestión administrativa, o la eficiencia de una persona al facilitar la gestión hace que un día se convierta en una pesadilla o en un rayo de luz en nuestro camino. Si cada uno de nosotros hacemos bien nuestro trabajo, los niños y los jóvenes es lo que estarán viendo; cada vez que ocurra lo contrario habrá más cabreos, más malestar, más indignación, porque a cada uno de nosotros, cuando nos toca sufrir las consecuencias de un día de trabajo mal hecho, de la desidia, del mal carácter, incluso de mezquinas venganzas por abuso de posición, buscamos de alguna manera hacer pagar el daño sufrido. En nosotros está la opción de ofrecernos a los demás como colaboradores, como personas a disposición del otro o como pequeños tiranos con complejo de napoleón dispuestos en todo momento hacer del día de los demás una pesadilla. Para que lo que no funciona mejore, tenemos que mejorar cada uno de nosotros. Cristina Marcos Martín

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