In memoriam
En León, su ciudad y la mía, se me ha muerto Alejandro, al que tanto quería y con quien tanto tenía. Hace unos días, aprovechando el viento favorable de la primavera, nos dejaste sigilosamente, sin dar un ruido, sin alharacas, porque el bombo y los platillos nunca fueron santos de tu devoción. Una cruel enfermedad te había privado hasta de la palabra, tanto oral como escrita, que había sido tu principal útil de trabajo, si bien, Begoña, como tu ángel de la guarda, se desvivió para hacértelo todo más soportable. Aunque tú no lo hubieras hecho nunca, permíteme que yo, como amigo, sí me queje apoyándome en los versos de Dámaso Alonso: / No hay que llorarte, Alejandro / Fuera llantos. Lo que quiero / es patear / gritar que está muy mal hecho / -¡no hay derecho, no hay derecho!- / y no llorar./ Recurro también a tu venerado Miguel Hernández para recordarte que no nos olvides: / A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero. / En el frontispicio del libro del resto de mis días, siempre estará presente tu recuerdo. ¡Ah! Y cuando las truchas me pregunten por ti, ¿qué les digo ahora? Requiescas in pace. Cipriano Reglero