Un reportaje vergonzoso
Como todos los días del año, el jueves 30 de diciembre me leí de cabo el periódico que usted dirige. Sin embargo, el regusto que me quedó no fue nada bueno, y todo a causa de un reportaje firmado por la señora Pilar Infiesta en su sección titulada Destinos. El escrito en cuestión me hizo plantearme si, realmente, los periodistas se documentan, lo más mínimo, para no escribir una sarta de estulticias sobre temas que desconocen completamente. Supongo que sí, pero creo que este no es el caso. Después de serias investigaciones sobre las cuevas excavadas, tanto en la ribera del Torio como en la del Esla, que han puesto de manifiesto sus diferentes funciones, las cronologías a las que se adscriben y han terminado con las infundadas creencias populares que tanto se han repetido a lo largo del tiempo, provocando así la confusión de la población, aparece un artículo en su periódico que carece de cualquier base documental. Me he quedado estupefacta al descubrir que la Cueva de san Martín -la que se corresponde con la planta y el alzado que aparecen publicados- no sólo se ha convertido en un cenobio rupestre de dos pisos -nada más y nada menos- con una localización nueva, Villarrodrigo de las Regueras, sino que, además, ha modificado su advocación por la de san Adrián. Por no hablar de los grandes descubrimientos que realiza la periodista al explicar que las cuevas de la localidad de Valle de Mansilla fueron ocupadas por decenas de soldados, que a partir del siglo X los ermitaños “comenzaron a bajar de sus guaridas” o que las cuevas fueron usadas como refugio por los “lugareños durante la invasión árabe”. Para poner un parangón a tal barbaridad histórica, yo podría decir que la Catedral de León fue un convento de monjas que se construyó en el siglo V con ayuda del Imperio Romano y quedarme tan ancha. No es mi intención parafrasear a don Paco Umbral, pero somos muchos los investigadores que trabajamos todos los días de forma absolutamente rigurosa con el objeto de arrojar luz sobre la historia leonesa para que el desayuno se nos atragante al ver como nuestros trabajos caen en saco roto o duermen el sueño de los justos en la hemeroteca de su periódico. Una lástima, la verdad.