TRIBUNA
Hispanorrea
Lo que emergió, tras la dictadura, gracias a la inestimable ayuda de los socios europeos, es ya esta España zombi en acelerada descomposición
Todos mis lectores de Tribuna conocen la honda simpatía que le tengo a las políticas de izquierda. Eso ha hecho que muchos de ellos me tilden de facha. Lo cierto es que estoy muy lejos de esa etiqueta. Me tengo por liberal, lo que significa que pongo ese valor por encima de todos los demás. Libertad de conciencia, de asociación, de empresa, de costumbres: siempre que se respete la Ley que es el lazo que ata a todas las reses.
Así que detesto a la izquierda por sus políticas económicas, siempre despilfarradoras, incompetentes, puro dispendio y clientelismo, con aumentos de impuestos y malgastos de presupuestos. Dudo de sus políticas sociales: el surtidor de paguitas que solo son fuente de clientes electorales y de golfería funcionarial. Pero aplaudo, sinceramente, sus polìticas civiles, su empeño por ampliar la carta de derechos de la ciudadanía, divorcio, aborto, eutanasia, LGBT, ecología, pacifismo; su defensa de las minorías..El caso es que no hace mucho un colega se escandalizaba del proyecto del Gobierno de suprimir de la enseñanza, en la ESO, la historia de España anterior al siglo XVIII. Pues mira, por una vez, estoy de acuerdo con la ministra de Educación. La historia de la España, aun nonata del XVI, ha sido tradicionalmente el foco infeccioso de ese españolismo rancio de la extrema derecha que defiende con furioso fanatismo las gloriosas herencias del llamado imperio hispánico. Yo creo que ese españolismo es nocivo porque explota un nacionalismo que nos encadenò a los intereses del Vaticano, de las Casas reales y de la oligarquía nativa más que a los de la ciudadanía. Y es que además yo creo que el imperio español fue un clamoroso fiasco. Jamás un poder imperial, desde Asiria hasta USA, ha tenido una fuente de riqueza tan extraordinaria como las remesas de metales que llegaban cada verano a Sevilla en las flota de Indias. Y esas doscientas toneladas de oro, esas ocho mil toneladas de plata que recibió la corona de los Habsburgo durante el siglo XVI por gracia de los conquistadores que ahora tanto se vilipendian, ¿a qué llevaron? A edificar una montaña de conventos, monasterios, abadías, ermitas, basílicas, iglesias, catedrales de muy buen gusto pero ningún provecho para la prosperidad del paisanaje de esta nación. Todo se malgastó en pagar los dispendios de la Corte de los Austrias, ese funesto cortejo de megalómanos, llegados del lejano Tirol a nuestras tierras, por la insensata polìtica matrimonial de los llamados Reyes Catòlicos Y en pagar las soldadas de los pobres Alatristes que se arrastraron por toda Europa defendiendo la podrida ortodoxia vaticana contra la justìsima rebeldía luterana. Todo esa montaña de dinero acabó en los bancos de Amsterdam y de Londres y con ella ambos países edificaron su futura prosperidad imperial. Y los españoles se resignaron a una muy pura doctrina católica, a un muy puro paisaje de cristianos viejos y a una pura naciòn arruinada, sin industria, sin obreros, la triste y parásita sociedad de la sopa boba que acabó arrodillada, ante el Rey Sol, primero, ante Bonaparte, después; desguazada por la Royal Navy y la U.S Army, y finalmente saldada y liquidada por la brutal Guerra Civil. Lo que emergió, al final de la dictadura, gracias a la inestimable ayuda de los socios europeos, es ya esta España zombi en acelerada descomposición, que está abocada a desaparecer, ante la complacencia idiota de sus residentes, les guste o no a quienes la defienden con pundonor.Esa España Imperial, mejor olvidarla y que nuestros estudiantes ni siquiera la conozcan para evitar que se contagien de ese virus de grandezas que alimenta al facherío. Para empezar a acostumbrarnos a lo que somos, no un Ex-Imperio glorioso, sino una nación ordinaria, más bien mediocre del extremo meridional de Europa, de pobres suelos, escasa industria, paisanaje servil y, eso sí, mucha playa y mucho sol, mucho arte, buena cocina y costumbres voluptuosas. Esos son nuestros recursos de cierto valor en el mercado mundial. Lo demás es purita propaganda, españolismo rancio, un tóxico culto nacionalista, como todos los otros.