TRIBUNA
Lo que Felipe VI debería saber antes de visitar Auschwitz y Mauthausen
El objetivo del programa de eutanasia se dirigía contra los cerca de 350.000 enfermos mentales, que se hacinaban en los manicomios
España se quedó al margen de la Segunda Guerra Mundial, que comenzó unos meses después de finalizada nuestra Guerra Civil. Cerca de medio millón de republicanos españoles se vieron obligados a cruzar la frontera con Francia para huir de los vencedores. Cuando en mayo de 1940 Hitler invadió al país vecino, nuestros compatriotas quedaron atrapados en el conflicto europeo. Acababan de perder una guerra en su propio país y se enfrentaban a otra que había desencadenado la Alemania nazi, aliada de sus enemigos.
Un tiempo después de publicar Hadamar primero, Auschwitz después (Valencia, 2000) mi editor, Javier Paniagua, me envió una foto en la que se le veía a él, rodeado de personal de la Uned de Valencia, dándole explicaciones al entonces príncipe Felipe sobre el contenido de mi novela. En ella describo cómo la «solución final» a la cuestión judía fue precedida por un programa de eutanasia que Hitler autorizó inmediatamente después de la invasión de Polonia. Hoy se sabe que el documento en el que el Führer decretó la eutanasia, se redactó en octubre de 1939. El dictador, sin embargo, le puso fecha del 1 de septiembre de 1939. Con ese simple gesto pretendía vincular dos hechos históricos: la ampliación hacia el Este del espacio vital (Lebensraum) alemán y la limpieza étnica dentro de la propia Alemania.El objetivo fundamental del programa de eutanasia se dirigía contra los cerca de 350.000 enfermos mentales, muchos crónicos e incurables, que se hacinaban en los manicomios del país. Las cámaras de gas del Tercer Reich las inventaron los psiquiatras alemanes y se instalaron en varios hospitales como el de Hadamar. Después, y sólo después, se utilizaron para el exterminio de los judíos europeos. El propio Hitler insistió en que el programa de eutanasia debería ser un acto médico. Eran psiquiatras los que seleccionaban a los enfermos incurables y médicos generales los que abrían la llave del gas mortífero. Se puede afirmar, pues, que sin conocer Hadamar no es posible comprender AuschwitzMuy cerca de Mauthausen, el campo de concentración que visitará nuestro Rey después de Auschwitz, se encontraba otro hospital psiquiátrico, el de Hartheim, ambos en suelo de la Austria anexionada por el Tercer Reich. A este campo de trabajos forzados fueron deportados miles de republicanos españoles. Allí muchos perdieron sus vidas como consecuencia de otro sistema de exterminio que los historiadores han denominado Vernichtung durch Arbeit, es decir, exterminio mediante agotadoras jornadas de trabajo junto a una reducción drástica de la ingesta calórica.El programa de eutanasia diseñado por el nacionalsocialismo tuvo diversas fases a lo largo de los seis años que duró la guerra. La primera de ellas fue la conocida como Aktion T4, debido a que la sede central se encontraba en el número 4 de la calle Tiergarten de Berlín. Cuando ya habían gaseado a más de 70.000 enfermos mentales, la sociedad alemana reaccionó alarmada por esa masacre dirigida contra los seres más débiles e indefensos. Como respuesta a esta indignación, Hitler se vio obligado a paralizarla. Poco después, un grupo de psiquiatras que decidían qué enfermos debían ser sometidos a la eutanasia, fueron enviados a distintos campos de concentración para seleccionar a prisioneros enfermos y aplicarles la eutanasia. A esta operación la bautizaron con el nombre encubierto de Sonderbehandlung 14f13 y entre sus víctimas hay varios centenares de españoles presos en Mauthausen. Uno de ellos fue Eufemio García García. Un Stolperstein (Adoquín contra el Olvido) situado en el que fuera el antiguo número 104 de la calle Francos Rodríguez de Madrid recuerda su lugar de nacimiento y de muerte, Hartheim. No he podido conocer la enfermedad que padecía o si lo eliminaron por motivos de su mal comportamiento como prisionero.En mi reciente novela histórica La eutanasia según Adolf Hitler (Madrid, 2024) relato la vida y la enfermedad de varias víctimas alemanas de la eutanasia nazi, entre ellas también la de Eufemio García, así como la identidad de los verdugos que la ejecutaron. Con el programa de eutanasia, Hitler constató que si los médicos y psiquiatras no oponían objeciones morales para eliminar a los propios enfermos incurables alemanes, las SS tampoco las tendrían después para proceder al exterminio de los judíos europeos. La eutanasia nazi, tan silenciada en nuestro país (ver Exterminio y Silencio, Claves de Razón Práctica, nº 286, 2023) fue la antesala del Holocausto judío.Además de los enfermos mentales incurables y de los enfermos de los campos de concentración, la eutanasia nazi estuvo dirigida a otros grupos de pacientes. Uno muy especial fueron los niños nacidos con malformaciones que vivían con sus familias. Para esta finalidad se abrieron múltiples servicios de pediatría (Kinderfachabteilungen) en los hospitales del Reich. Prometían a los padres someterlos a terapias innovadoras cuando, en realidad, lo que hacían era aplicarles la eutanasia. Otro objetivo fueron los soldados gravemente heridos que procedían de los campos de batalla con un pronóstico muy negativo, así como los heridos en los bombardeos aliados a las ciudades alemanas. A esta última Aktion se la denominó con el nombre de Brandt, el médico en el que Hitler delegó la ejecución del programa de eutanasia junto a Phillip Bouhler, jefe de su cancillería personal. Brandt fue condenado a muerte en los juicios de Núremberg y Bouhler se suicidó para evadir la acción de la justicia.El hospital psiquiátrico de Hartheim tiene otra connotación para nosotros, los españoles. Cuando los nazis decidieron borrar las huellas de los asesinatos allí cometidos, reclutaron a albañiles prisioneros en Mauthausen. Uno de ellos, en una de las paredes que levantó, dejó incrustado un escueto documento que decía: Esta puerta la cerró Miguel Yuste, prisionero en Mauthausen, 18/12/44.Al problema que arrastra desde hace décadas nuestro país de elaborar una memoria histórica y compartida de la Guerra Civil y de la posterior dictadura, se le añade, sin duda, la memoria de ser europeos. Espero, y deseo, que la visita del Rey Felipe VI a Auschwitz y a Mauthausen con motivo del 80 aniversario de su liberación, arroje luz y reflexión y, en ningún caso, ruido sobre un pasado cercano y común que compartimos con el resto de las naciones europeas.