Diario de León

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La construcción de nuevas infraestructuras es una necesidad para avanzar en el desarrollo y dar competitividad a los territorios. En concreto, las nuevas vías de alta capacidad por carretera o las líneas de alta velocidad son una demanda irrenunciable capaz de revolucionar la sociedad en unos niveles inmensos o también de condenar espacios a un aislamiento irreparable. Pero el Estado comete un error al abandonar las vías de comunicación que se ven relegadas a un papel secundario. Ocurre con las vías férreas convencionales, eclipsadas por la red AVE, y que deben conservarse para dar servicio precisamente a los pueblos que tan necesitados están de buenas comunicaciones para retener población. Y un ejemplo de esa grave negligencia es permitir una degradación máxima en carreteras que fueron fundamentales hasta no hace tanto. Un caso de singular precariedad es la N-630. Fue el vial clave de la parte norte de la Ruta de la Plata hasta que se construyó la A-66 entre León y Benavente. Desde entonces, el abandono es absoluto. Y es una injusticia terrible hacia los abundantes pueblos a los que da servicio, puesto que genera un peligro enorme a los vehículos que la transitan. La caravana de ayer por León de afectados debe entenderse como lógica para denunciar el olvido hacia los que ‘se quedan atrás’.

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