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Dice la sabiduría popular que ‘lo que mal empieza, peor acaba’. Y parece el guion seguido en el Ayuntamiento de León para afrontar un reto ineludible, como es facilitar el reciclaje de todos los residuos por parte de los vecinos. Existe un interés creciente entre la ciudadanía por preservar el Planeta, con acciones que estén en su mano, y quizá nada mejor que limitar las basuras que acaban en los vertederos. Pero en León, las cosas han ido por otros derroteros en la necesaria y obligada implantación del contenedor marrón para los residuos orgánicos. La cosa arrancó muy mal, hasta el punto de que no se cumplieron los plazos previstos por los objetivos trazados a nivel europeo. Después llegó una gestión tortuosa, enredada en errores y sobrecostes, que parecía que se había superado con la llegada —en pleno mes de agosto— de los contenedores marrones a las calles. Pero el desastre ha sido pleno en las primeras jornadas y se ha perdido el esfuerzo de los ciudadanos, al tener que derivar su contenido directamente al vaso del Centro de Tratamiento de Residuos de San Román de la Vega donde se deposita lo que no tiene ningún atisbo de reciclaje. Fracaso total que obliga a abrir un periodo de reflexión para diseñar una solución que zanje tanto despropósito.