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Hay cifras que, a primera vista, invitan al optimismo. León ha pasado de un PIB por habitante de 18.431 euros en 2020 a 23.730 en 2024. Un salto del 28,7 %. En cualquier informe oficial, ese dato se celebra como prueba de dinamismo. Pero basta con mirar un poco más abajo para descubrir que la mejora es, en buena medida, un espejismo contable. La provincia no genera más riqueza. Simplemente la reparte entre menos gente. Es lo que llaman «el equívoco de la prosperidad territorial»: distingue con claridad entre las provincias que crecen por enriquecimiento —porque producen más, atraen actividad y crean empleo— y las que lo hacen por vaciamiento. León pertenece al segundo grupo. Son trece en toda España, concentradas en el noroeste y el interior. En ellas el PIB sube mientras la población baja. El resultado aritmético es un per cápita más alto que no refleja vitalidad, sino desgaste. Por lo que León no necesita que el PIB por habitante suba porque se van los jóvenes, sino porque se quedan, porque trabajan, porque invierten y porque construyen un futuro que no dependa exclusivamente de la transferencia mensual de un subsidio. Hasta que eso ocurra, cada punto de «crecimiento» será, en el fondo, un recordatorio de lo que se pierde.