miércoles. 10.08.2022

Una grada mujer

De Inglaterra y los ingleses han de admirarse y copiar las cosas buenas que tienen, y no son pocas. La deportividad, ese eco de lo caballeresco rancio y caballerosidad vigente, es una de ellas y, así, la bravura nunca desplaza al respeto que merece todo adversario. Se ve especialmente en el tenis, otro de los muchos deportes inventados por los ingleses, en el que nunca se aplauden o festejan los errores del contrario; esa es la norma desde el primer torneo de Wimbledon en 1877, aunque últimamente en la gradería de esta basílica principal del tenis asoma la ruidosa tropa que en tanto deporte ya es la única voz cantante; cosa joven que irrumpe gozando más de lo malo que de lo bueno que tiene cierta informalidad (también ayudan ejemplos desde la cancha como la bronca incesante y chulería matona de un Kyrgios que amplía su tropa de simpatizantes porque da buena cera con la raqueta, mucha caña con la boca y polculo al que le replique o le corrija).

De Wimbledon admiran sus incorruptibles tradiciones: se juega siempre de blanco, se comen fresas con nata (cultivadas en Kent, cuyo duque preside ese royal club de tenis), se prohibe toda publicidad en los recintos y vestimentas (salvo algún logo aislado como el de Slazenger, que suministra desde 1902 las 50.000 pelotas que devora cada edición), por no hablar de la pulcritud marcial de sus 250 recogepelotas o el obligado trato de miss o mistress para las tenistas. Pero el detalle que personalmente más me admira de este torneo es que ningún otro deporte presenta como este tantas mujeres en sus gradas, en igualdad, de todas las edades, ancianas no pocas o jóvenes de palmito a lucir o niñas, famosas o extravagantes, royals y plebeyas, entendidas o no, porque Wimbledon es también una fiesta social de las de guardar, como una Pascua del Raquetazo y, en tocando a este paripé, ahí la mujer manda y dicta lo suyo. En Winbledon se dan muchas más lecciones que de tenis. Y por más que puedan decir, no es nada decadente su tradicionalismo. Es el último paraíso de la elegancia deportiva.

Una grada mujer
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