Diario de León
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Con viento fresco josé antonio balboa de paz

Probablemente los españolitos de a pie no tenemos todas las claves y no sabemos de la Misa la media, o estamos tan infectados por las insidias ideológicas de la oposición conservadora que, recalcitrantes, seguimos en nuestro pesimismo patológico. Quizá sea un atavismo hispánico, algo así como el mal del siglo, del siglo XIX claro, que acabó con un tiro en la sien de nuestro Pobrecito hablador, al que le dolía España y cuyo bicentenario se celebró el pasado año. Pero el malestar, después de algunos años de euforia, quizá de espejismo, continúa. No es de ayer sino de hoy y tiene profundas razones objetivas. Las encuestas no dejan la menor duda sobre las preocupaciones que, en estos momentos, atormentan la vida de millones de españoles, cuyo pesimismo ha ido aumentando dramáticamente ante una crisis económica cuyo final nadie, excepto el gobierno, vislumbra. Casi el 80 por ciento de nuestros compatriotas están angustiados por el paro, en el que ya hay más de cuatro millones de personas, pero en cuyo insondable pozo aún podrían caer muchos más.

El paro es la principal preocupación de los españoles pero seguramente no es el principal problema de España, pues aquél no es sino consecuencia de una crisis económica que atenaza a todos en mayor o menor medida. Ahora ya no importa mucho si los políticos, Rodríguez Zapatero por ejemplo, vieron venir o no la crisis o la ocultaron por razones partidistas y electorales, lo que preocupa a todos es que ésta ha puesto sobre la mesa problemas que, con la especulación y la euforia de los pasados años, nadie quería ver: las insaciables autonomías, la corrupción política, la venalidad y nepotismo de las administraciones, cuya hipertrofia amenaza todo el sistema político y la propia democracia o su caricatura, el fundamentalismo democrático que nos gobierna. Ahora, y ésta es la principal preocupación de muchos españoles, a los que nos les gustaba hablar de política, es saber si el sistema podrá aguantar; si habrá dinero para los gastos educativos y sanitarios, y sobre todo si no estará en peligro todo el sistema de pensiones y la Seguridad Social.

El presidente del Gobierno reconoce ahora que no vio la crisis, pero cree, al contrario que la mayoría de los expertos nacionales e internacionales, que tomó las medidas necesarias para atajarla. Pienso, por el contrario, que las que tomó fueron para endeudar hasta grados extremos las arcas del Estado, aumentando su déficit de forma alarmante. Ahora, con un optimismo que no sabría si calificar de patológico o de ingenuo, vaticina que la recuperación económica está próxima y que el paro, al que dedica incluso su horas de sueño, será la principal prioridad de toda su política. No sé si hay algún dato objetivo que avale tales vaticinios o éstos no son más que ensoñaciones del presidente, ensimismado con la presidencia semestral de la Unión Europea; pero la percepción de los españoles es realmente otra, como reconocían ayer algunas encuestas, que señalaban, con casi un 68 por ciento de los encuestados, que esa presidencia europea no salvará la economía española.

Tal vez Rodríguez Zapatero, como Sancho Panza, piense en refranes, y que año de nieves, año de bienes: en este invierno ya vamos por la tercera nevada; pero esos refranes y la filosofía popular que entrañan responden a una economía agraria que ya no existe. La mayoría de los expertos creen que la actual economía española puede entrar en un estancamiento de larga duración, cosa desconozco si es verdad o no, lo que si sabemos todos es que las necesidades financieras del Estado, para no caer en bancarrota, llevarán a los gobiernos a subidas generalizadas de impuestos, como las que ya se anuncian de la luz y el IVA, que no beneficiarán a la economía y mucho menos a la creación de empleo. Quisiera ser optimista con la realidad nacional -personalmente no me quejo del 2009, que fue para mi un buen año-; pero no veo ninguna razón objetiva para serlo en el 2010 respecto a España. Con todo, deseo un feliz año a mis lectores.

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