Angelina y Danilú
En blanco | javier tomé
Siempre se ha considerado al rey Herodes como un gran villano al que cierto día se le torció el naipe y, en medio de un pavoroso estruendo de trompetas y redoble de tambores, envió a cenar con Cristo -es decir, dio el matarile- a los santos inocentes. Un suceso incluido en la antología de la barbarie y suficiente motivo para que la historia califique a Herodes como un desalmado al que sólo le faltan los colmillos. Al parecer, y siempre según las mismas fuentes, el cabreo de Herodes fue tan cósmico que también firmó el finiquito de su esposa, su suegra, su cuñado y sus hijos más insolentes. Por decirlo en dos palabras, su palacio no era uno de esos sitios en los que conviene hacer noche, dado que tenía más peligro que un banco de inversiones. Recientes estudios arqueológicos ratifican que el tirano entra con todo merecimiento en Primera División de la maldad, aunque también existan algunos eximentes para su arrebatada y justiciera conducta.
Lo estamos viviendo ahora mismo, después de unas fiestas navideñas con los niños instalados en casa y convenientemente pertrechados con toda la parafernalia juguetera. La presumible tranquilidad se ha roto en mil pedazos por obra y gracia de nuestros diablillos de turno, empeñados en reventar los tímpanos de la vecindad y comportarse de una forma que avergonzaría al propio Atila. Ahí tenemos el caso de Angelina y Danilú, las mellizas de mis amigos María y Alejandro, que con apenas un año de edad ya alcanzan a pulmón libre, y sin esfuerzo aparente, el techo de decibelios que concentra el Orfeón Coral vasco después de toda una vida de ensayos. Así que una vez sobrepasado el umbral de aguante de cualquier ser humano, no me extraña que algunos padres enloquecidos por semejante obra maestra de crueldad vandálica añoren los felices días de colegio, mientras musitan entre labios ese lamento purificador de: ¡Bendito Herodes!