Diario de León
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La aspillera | Vicente Pueyo

Se asegura que la Unión Europea ha desbloqueado tres millones de euros, quizá algo más, para socorrer de forma inmedi ata a los cientos de miles de peraonas afectadas por el terrible terremoto de Haití. Es la misma Europa que desbloqueó no hace mucho miles de millones de euros para mantener vivos a los bancos, lacerados por una crisis propiciada por ellos mismos y después de que hubieran amasado beneficios sin cuento en tiempos de vacas gordas y ojos aviesa y voluntariamente cerrados. Pero ayer los ojos que llegaban sin cesar a las redacciones de periódicos y televisiones estaban abiertos, muy abiertos. Bien por una mezcla de miedo y asombro infinitos o bien porque aún no había llegado una mano que atinase a cerrarlos para siempre.

Es una pura mierda esta supuesta civilización que nos hemos montado y que está llena de cinismo y de solidaridad prªt à porter. Cuando contemplas esas manos inertes de los pobres del mundo intentando salir sin éxito de la trampa mortal de los escombros, se convierte en radicalmente inmoral detenerse a contemplar los ridículos problemas que aquí nos preocupan. Esa legión de políticos de medio pelo que, con su ausencia de escrúpulos, está dejando asolado este país está mucho más preocupado por sus rastreras ambiciones que por ejercer un liderazgo social y ético que movilizara y marcara el rumbo -también en situaciones como ésta- a una sociedad cada vez más desnortada. Lo ocurrido en «La Española», ese paraíso con el que se topó Colón en su primera aventura, conmueve a cualquier persona sensible y pone a nuestra orgullosa sociedad contras las cuerdas de sus propias contradicciones.

Parece ser que nos enteramos ahora de que Haití es el país pobre entre los pobres, que lleva muchos años sin levantar cabeza por una sucesión de administraciones nefastas que han destrozado la economía y por una terrible serie de catástrofes naturales -”en el 2008 fue asolado por varios ciclones que provocaron también cientos de víctimas-” que parecen escapar a cualquier lógica y a cualquier estadística. ¿Por qué la naturaleza se ha cebado de esa forma tan cruel en ese edén caribeño? Sólo hay estupor, no quedan respuestas. ¿Por qué hay que esperar a que la catástrofe tenga carácter apocalíptico para que el mundo del despilfarro se ponga en movimiento?

Es evidente que este norte rico y encantado de haberse conocido pagará tarde o temprano tanta dejación y tanto olvido. Dices Haití, miras los brazos y piernas llenos de polvo, miras los ojos de los hijos sin madre, y te da vergüenza hablar de «crisis», o de «recuperación económica», o de esas estupideces que llenan las cada vez más insufribles tertulias de palabras vanas. Y dan grima, producen hartura tantas milongas que nos hablan de refundar el capitalismo, de que hay que «domarlo» con unas nuevas reglas de juego. Nadie le pone el cascabel al gato de ese nonato «nuevo orden económico» que debería comenzar por dejar de explotar irracionalmente los recursos de los países más desprotegidos. Y mientras, Haití, otro paraíso fallido, se llena de escombros y de muerte.

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