Diario de León
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Panorama | antonio papell

Los hechos son conocidos: la designación por el Vaticano del nuevo obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla Aguirre, vasco de pura cepa y un personaje ideológicamente muy cercano al presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, y por lo tanto afín al ala más conservadora de la curia española, ha levantado ampollas entre sus propios sacerdotes y ha generado una repulsa política de parte del PNV y de las demás formaciones nacionalistas.

Munilla, sucesor de Uriarte y de Setién, dos personalidades muy caras al nacionalismo vasco y públicamente alineadas con él, está asistiendo ahora a la dimisión en cadena de prácticamente todos los colaboradores de su predecesor: desde los dos vicarios generales hasta la secretaria general de la diócesis o el director de Cáritas. La rebelión a bordo tiene lugar en todos los frentes. Es obvio que los aspectos puramente doctrinales y religiosos de la polémica conciernen exclusivamente a la comunidad católica de Euskadi; sin embargo, no cabe ocultar que esta controversia contiene también elementos políticos muy terrenales y pedestres. Por dos razones: por la fuerte politización de la sociedad vasca y por la tradicional alianza entre la jerarquía católica vasca y el nacionalismo euskaldún. Algún día se enfatizarán como corresponde las comprometedoras ligazones que vincularon a Sabino Arana con el clero de la época para entender mejor los orígenes muy poco presentables de aquel nacionalismo etnicista tan cercano a las ideologías excluyentes y racistas que circulaban por Europa. Pero sin necesidad de ir tan atrás, conviene recordar que ETA nació en el seno de las juventudes católicas del PNV bajo el lema «Dios y Leyes Viejas». Desde entonces, la alianza entre el nacionalismo y la Iglesia vasca ha sido estrecha y constante. Un libro bien documentado, Los curas de ETA , del periodista Jesús Bastante («La Esfera de los libros», 2004, con prólogo de José Bono), aporta estos datos: el 80% de los curas vascos se reconocen nacionalistas y el 10%, afines a la izquierda aberzale. La parcialidad de la Iglesia-institución desde la fundación de ETA y la pretendida existencia de un «conflicto» irresuelto del que sería responsable el abstracto centralismo español ha sido notoria. No sólo porque, aunque no ha habido curas asesinados por ETA, sí han tenido que llevar escolta algunos de ellos, significados por su posición crítica con el nacionalismo: también porque el comportamiento público de la mayor parte del clero ante los dramas suscitados por el terrorismo ha sido asimétrico. Y hasta ruin en ocasiones. Las víctimas de ETA, asesinadas por defender valores impecablemente democráticos, a menudo no han encontrado el apoyo que merecían de quienes eran en teoría sus pastores morales. El grueso del clero vasco, empujado por sus obispos, se ha alineado, en fin, con la hasta hace poco mayoría política nacionalista, excluyente y rígida, directa o indirectamente cómplice de los gérmenes de violencia que ETA ha extrapolado hasta el delirio. Así las cosas, quienes vemos estas vicisitudes de la Iglesia vasca desde la perspectiva política, civil, laica, pensamos que la entronización de un líder religioso no sectario, no nacionalista, es un avance democrático y un paso hacia la paz. Y nos complace constatar cierto paralelismo entre la reciente alternancia política en Euskadi y este oportuno aggiornamen to. En lo tocante a las convicciones religiosas, por supuesto, no nos atañe opinar en absoluto.

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