De repente, Haití
Al margen | enrique vázquez
De vez en cuando un cierto Estado sale del ordinario anonimato en que transcurre su existencia a causa de una conmoción. De la ominosa lista de la pobreza mundial, un pequeño país antillano, Haití, se ha presentado súbitamente ante nosotros y su enorme desgracia ha obrado, entre otros prodigios, el de relativizar, como se debe, nuestra azacaneada crisis. El país es uno de esos milagros de la historia (fundado por un caudillo antiesclavista negro, Toussaint-Louverture, en la mitad de La Española) que nunca ha sabido autogobernarse decorosamente, ni alcanzado a dar el mínimo de seguridad y futuro a sus ciudadanos. Ya en la plena segunda mitad del siglo XX, el de la expansión de la democracia, el país conoció la dictadura familiar de los Duvalier, con «Papá Doc» (1957-71) y su hijo Jean-Claude (1971-86). La cual fue seguida de una fase de inestabilidad apenas apaciguada por el régimen inclasificable de un cura insolvente, el «père Aristide» (1991-2004).
Contra lo que se repite estos días Haití no es un país olvidado por eso que llamamos comunidad internacional. Al contrario, el país ha sido literalmente adoptado por Naciones Unidas a través de una misión para su estabilidad en la que España está muy presente. Y eso en todos los órdenes: ayuda material, reconstrucción política (el Gobierno y el presidente René Préval han sido libremente elegidos), gobernanza económico-financiera sostenida con créditos y funcionarios del FMI y el Banco Mundial, etc. El turismo comenzaba a recuperarse, el PIB creció un 4% el año pasado, la inseguridad ciudadana había bajado mucho. El trabajo daba sus frutos. Todo decae ahora, pero no está escrito en parte alguna que Haití, ese desventurado país, no pueda recuperar el camino prometedor que había emprendido ayudado por todos nosotros. Y lo hará.