Diario de León
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Fronterizos | Miguel á. varela

Si naciste para martillo del cielo te caen los clavos, cantaba el coro en el Pedro Navaja de Rubén Blades, convertido en la versión latina del Mack the Knife de Kurt Weill. Haití, la Española de Colón, escribió una hermosa página de la historia cuando su población esclava se independizó de la colonia y proclamó el fin de la ignominia. Pero la alegría, ya se sabe, dura poco en la casa del pobre y en sus dos siglos de existencia el país se ha convertido en un compendio de todas las posibles catástrofes sociales, políticas y económicas para acabar convertido en lo que ahora llaman estado fallido: martillo sobre el que caen todos los clavos del mundo. La tierra tembló y el país se vino abajo, si fuera posible el símil en una tierra ya hundida en los últimos puestos de las estadísticas de la dignidad. Dice el obispo donostiarra Munilla Aguirre que en la radio le hicieron una pregunta teológica a propósito de la catástrofe: ¿cómo es posible creer en la existencia de dios ante el sufrimiento de tantos inocentes?. Tal vez el periodista conocía la sentencia de Adorno -”«después de Auschwitz escribir poesía es un acto de barbarie»-”, pero el obispo Munilla maneja mejor la metafísica que la dialéctica de los opuestos y en su respuesta le traicionó el subconsciente: «igual deberíamos (...) llorar por nosotros y por nuestra pobre situación espiritual. Quizá es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes están sufriendo». Loable es la preocupación del obispo Munilla por nuestra salud espiritual o, como ha aclarado después, por lo pecaminoso «de quienes vivimos en los países ricos y somos cómplices de una opulencia insolidaria hacia los pobres», pero dudo que ahora sea ésta la reflexión más oportuna para un país sembrado de cadáveres en el que dios ha quedado sepultado entre los escombros y del cielo llueven clavos.

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