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León

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En blanco | javier tomé

Entre la pléyade de presidentes de clubes de fútbol de Primera División, una fauna variopinta que incluye personajes de tanto calado intelectual como el doctor Cabezas, Joan Gaspart, el difunto Gil y Gil o el madridista Ramón Calderón, yo me quedo sin dudarlo con Joan Laporta, eterno guerrillero en busca de la verdad nacionalista. Dada su deriva política en favor de la patria catalana, al bueno de Joan le han bautizado como Laportoni, a causa de su acusado mimetismo populista a lo Berlusconi. Puesto que está a punto de finalizar su período de mandato en el Barça más triunfante de la historia, parece haber elegido convertirse en el nuevo Rafael Casanova, un héroe empeñado en perseguir una cruzada soberanista teñida por todo el romanticismo de las causas perdidas. Sólo así se entienden unas declaraciones que, por muy buena voluntad que se ponga, se sitúan apenas a un paso de lo risible. Y es que Joan Laportoni ve amenazas y premoniciones por todas partes, referidas inevitablemente al agobio que siente su patria chica por culta de ese pérfido sátrapa conocido como Madrid, culpable de todos los males.

Aunque suene un poquito oportunista, no cabe duda de que semejante argumentarlo tiene su pellizco, al menos entre los parroquianos más fieles. Y ahí tienen a Joan el estadista clamando en tono bíblico cosas como: «Están matando a Cataluña y tenemos que reaccionar». O poniéndose en plan divino de la muerte encabezando esos miniplebiscitos a los que acuden poco más del veinte por ciento de los votantes para expresar sus inquietudes independentistas. Los ultraespañolistas, que también haberlos haylos, exigen horrorizados que se establezca un cordón sanitario en torno a tamaño desaguisado, cosa que por supuesto encanta a Laportoni y sus seguidores, afianzados de esta forma en su concepción dramática de la realidad. Yo, la verdad, adoro a este hombre.

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