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León

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Tribuna José Luis Gavilanes Laso

Escritor

El grueso de noticias se desangra diariamente a través de los medios de comunicación con desastres de guerra, tragedias viajeras y desgracias naturales. En la última octava de su primer canto de Os Lusíadas y en aguda reflexión sobre la miserable criatura que es el ser humano frente a la omnipotencia de la naturalez a creada por Dios, se pregunta retóricamente el gran Luís de Camµes: «¡En el mar tanta tormenta y tanto daño, / tantas veces la muerte apercibida! / ¡En la tierra tanta guerra y tanto engaño, / tanta necesidad aborrecida! / ¿Dónde puede acogerse un flaco humano? / ¿Dónde segura está su corta vida? / Que no se indigne y arme el alto Cielo / contra un bicho pequeño, tan del suelo» . Si la lucha contra su semejante no fuese suficiente desgracia, viene a decir el vate portugués, acontecen irregular e inesperadamente las turbulencias de la tierra y de los mares, para añadir un punto más a la ya considerable incertidumbre de ser el hombre inquilino de la tierra.

A las hecatombes de los no muy lejanos en el tiempo terremotos de Perú, China, Indonesia, Irán..., que han dejado millones de cadáveres, millares de hogares arruinados y multitud de supervivientes o tullidos, en brutal abandono y desesperación, se ha sumado el no menos sobrecogedor episodio de Haiti del pasado día 12. Cuando se produce un hecho de esta magnitud, con multitud de víctimas inocentes, que suelen ser, además, de la clase más humilde, se cierne sobre el desastre, una vez más, la sombra de responsabilidades metafísicas. Y aparece el viejo debate sobre la existencia del mal en un mundo creado por Dios, ser supremo eminentemente justo y bueno. El punto álgido de la polémica se produjo, precisamente, como consecuencia de otro terremoto, el de Lisboa de 1755, ocurrido a las ocho de la mañana del día uno de noviembre, festividad de todos los Santos, con la mayoría de los templos repletos de fieles. Fue un acontecimiento extraordinario que conmovió al mundo civilizado y causó indecible consternación. Sin ir más lejos, a nuestro jesuita Padre Isla aquella «tormenta de la tierra» le causó «cuatro días de calentura y ocho de cama» en el convento de Villagarcía de Campos. Goethe, niño entonces, relata en sus memorias, que miles de personas que vivían satisfechas perecieron y el más dichoso de ellas fue aquel a quien la desgracia cogió tan súbitamente que no le dio tiempo a sentir ni pensar. Tras aquella tremenda desgracia surgida en pleno ecuador del siglo de las luces, las personas piadosas hicieron consideraciones, los filósofos buscaron motivos de consuelo, los sacerdotes predicaron sermones en que hablaban de castigos de lo alto. El sumo creador del cielo y de la tierra, a quien la explicación del primer artículo de la fe mostraba tan sabio y misericordioso, no se había comportado muy paternalmente, que digamos, en cuanto hizo caer la misma desdicha sobre justos e injustos.

Dejamos ya hace tiempo el siglo de las luces y hemos entrado en el de los focos. Y, con ello, dejado de lado las consideraciones metafísicas, porque una buena parte de los mortales, con los pies demasiado asentados sobre la tierra, ya no cree ni siquiera en lo evidente. Mucho ha avanzado el hombre en el progreso tecnológico, pero la naturaleza humana sigue intacta y estancada desde sus orígenes, sin que haya hecho ningún invento apreciable en mejorar la condición egoísta respecto a sus congéneres. Además de la inteligencia, belleza, destreza y unos cuantos rasgos más, las gentes continúan diferenciadas según lo que la suerte les haya deparado: ricos o pobres, ungidos por los dioses o endemoniados, sabios o ignorantes, poderosos o subordinados. Y así parece que ha de ser hasta el fin de los días. Porque el día en que el bien prevalezca sobre el mal, ese día feliz de un mundo solidario y menos desigual, que todo ser humano dice anhelar, cada vez camina más deprisa por la senda de la utopía o de la «pasión inútil». Hay un mundo esencialmente más o menos acomodado y feliz y, como contrapunto, otro submundo más o menos condenado en su desgracia. El primero se conmociona solidario puntualmente ante la tragedia del segundo, pero permite obscenamente que la situación perviva. La magnitud del terremoto de Haití es probable que se hubiera saldado en el Japón con un simple recuadro en la página de sucesos, sin apenas victimas ni daños materiales. Pero el mismo fenómeno de convulsión terrestre deja en el submundo montañas de cadáveres y ruinas, desvelando la lúgubre condición de país subdesarrollado y sin recursos. Es la desproporcionada globalización del placer y los sufrimientos de la sociedad actual en que vivimos.

Al sentimiento general por la tragedia, se agrega en mi caso la particular consternación de estar emparentado con un haitiano, Leslie Loubeau, médico residente en Ponferrada desde hace ya más de seis lustros. Antes de venir a España, su familia sufrió los zarpazos asesinos del régimen de Duvalier y su represivo brazo ejecutor, los «tontons macoutes», con la pérdida de un hermano, recluido en prisión durante largo tiempo. Como las desgracias nunca vienen solas, hace unos años se le fue un hijo en la flor de la edad y toda una promesa. Ahora espera angustiado las noticias de sus parientes residentes en Puerto Príncipe. Al contemplar tanto despojo, tanto semblante acribillado de dolor, deambulando a la búsqueda anhelante de un beso y abrazo perdido para siempre, la congoja nos ahoga las palabras.

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Mientras escribía estas páginas llaman a la puerta una pareja integrante de una secta o religión, con un pequeño folleto, en cuya portada vense una pareja humana sonriente junto a flores y frutos en medio de un paraje paradisíaco. El título: «Pronto acabará el sufrimiento», vaticinando, al amparo de la Biblia (Daniel, 24:15), la maldad y el sufrimiento está a punto de agotarse, porque Dios intervendrá pronto en los asuntos humanos y pronto destruirá por completo el sistema malvado actual. ¡Ojalá! y que Dios así lo otorgue; si es que Alá o Dios se ocupan de estas cosas. Lo nuestro, lo verdaderamente positivo y urgente ante tamaña desgracia, es mucho más simple, y consiste en mostrar la mayor solidaridad posible, ayudando en su desventura a unos seres que no han merecido haber perdido todo, tanto como el resto no haber perdido nada. Si, con estrecheces económicas, se levantó en León un colegio de huérfanos ferroviarios, ¿por qué no levantar sobre el suelo más paradisíaco de la tierra un colegio de huérfanos de terremotos, sufragado por los países más ricos? Propongo.