La universidad y sus escollos
De siete en siete rafael monje
La financiación de las universidades públicas y el modelo educativo siguen en pleno debate de revisión. Pero si sanear las cuentas es una tarea esencial, no lo es menos abordar con rigor otros problemas que igualmente atenazan el funcionamiento de los centros y que dan pie a los chiringuitos en que se han convertido muchas universidades. Vamos por partes.
El primer escollo lo encontramos en el propio sistema de elección del rector, quien habitualmente es rehén de los grupos que le han apoyado y que, a las primeras de cambio, le exigen pagar el tributo que, por lo general, consiste en la dotación de plazas docentes, en la autonomía investigadora o en el nombramiento de patronos en los distintos órganos de representación. A todo ello se añade que la elección es por cuatro años reelegibles, lo que causa no pocos trastornos en el engranaje universitario. De un lado, el entramado de órganos colegiados hace poco ágil la toma de decisiones en los primeros dos años; de otro, la reelección pasa en numerosas ocasiones por adoptar posiciones más blandas y, finalmente, si sale reelegido, los dos últimos años de mandato concentran todas las tropelías que no se atrevió a cometer antes.
Por si esto fuera poco, el órgano de control económico, el Consejo Social, suele estar integrado por palmeros arracimados en torno al poder y que pocas veces entienden del tema a tratar. Es una especie de consejo de administración de 25 miembros que cobran la dieta de 130 euros cada dos o tres meses y poco más. ¿No sería, por tanto, más efectivo que los rectores fueran elegidos por un único mandato de seis años y constituir un Consejo Social más pequeño y profesional?
Segundo escollo: la oferta de titulaciones, porque el proceso de implantación de los grados era una oportunidad magnífica para concentrar titulaciones deficitarias, pero, lejos de ello, se ha generalizado de tal forma que la situación hoy en día es insostenible, con grados nuevos en los que hay tan sólo tres alumnos. Tratar de salvar todo se ha revelado como un fracaso, cuando la solución pasa quizá por concentrar por universidades esas titulaciones y arbitrar sistemas de apoyo al profesor que tenga que desplazarse.
Tercer escollo: El capítulo de personal, un auténtico lastre para el equilibrio presupuestario. En casi todas las universidades el límite máximo de horas de clase por profesor es de ocho horas semanales y seis de tutoría que no siempre se ejercen. Este horario, fijado por real decreto, ni siquiera se alcanza y lo habitual es ya un máximo de seis horas por semana, cubriendo el resto con profesores asociados. Estamos, por tanto, ante una serie de escollos que bien merecen una profunda reflexión si queremos eliminar de nuestras universidades términos como endogamia, chiringuitos, falta de calidad y promociones amañadas.