Diario de León
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La gaveta | césar gavela

En 1964 fundó el semanario Aquiana , en Ponferrada. Entonces tenía 30 años y llevaba varios recorriendo el Bierzo en una Vespa. Un día lo vi, desde la carretera. Había ido con mis padres y tíos a pasar el domingo a Pereje, en un prado junto al río. Esto sería en 1960. Cuando vieron a Fidalgo, mis tíos le hicieron señas; él se detuvo. Luego charlaron un rato, y mis padres me dijeron que aquel señor hablaba por la radio: algo que me pareció prodigioso.

Fidalgo continuó recorriendo el Bierzo y hablando por la radio. Pero no por mucho tiempo porque, como era una persona muy libre y heterodoxa, no tardó en tener problemas con la Falange, que era dueña de la única emisora del Bierzo entonces. Hacia 1965 lo cesaron, como consecuencia de un homenaje tributado a Ramón Carnicer.

Recuerdo la vibrante defensa que Fidalgo hacía del escritor berciano, que ya por entonces llevaba veintinco años en Barcelona. Su público agradecimiento por haber escrito Donde las Hurdes se llaman Cabrera , gran libro de viajes, uno de los mejores del género. También recuerdo las palabras emocionadas y valientes de Ramón Carnicer por las ondas. Y el gran enfado de los jefes provinciales del franquismo, cuya inacción quedaba al descubierto en aquel libro que contaba la terrible vida de los cabreireses de hace medio siglo.

El texto, además, desató el enfado mayúsculo del obispo de Astorga, que entonces era un hombre ultramontano y ambiciosísimo: el futuro cardenal Marcelo González Martín, vallisoletano de hierro, orador sagrado en las exequias del general Franco. A partir de entonces Fidalgo se volcó en el Aquiana , que era una publicación de sesgo cultural, con cuentos de Antonio Pereira, artículos de Carnicer, de González-Alegre-¦ Y de muchos otros bercianos que amaban la literatura.

Él fue el hombre orquesta de aquel medio casi inviable, pero que duró treinta años. Tras el cierre, desarrolló su condición de artista plástico tardío, y también se movió por territorios históricos, como ardiente aficionado del pasado medieval berciano y valdeorrés. Un día de 1972 fui a verle, y él me aceptó como colaborador gratuito, que para mí era la ilusión más grande, y que no olvido. Fidalgo estaba enterado de todo, y a mí me imponía por la distancia de edad y porque dirigía un periódico. Era reservado e irreductible. Un hombre que, por encima de todo, amaba muy profundamente al Bierzo. Con su muerte, la pequeña región pierde a una persona que cubrió mucho campo, mucho espacio cultural y sociológico. También político y polémico. Lo que siempre me extrañó fue su larga amistad con otro obispo de Astorga, el catalán Briva i Mirabent, sabio eclesiástico barcelonés que cayó en esta diócesis. Donde pasó muchos años, envuelto en misterios y tabaco. Este obispo iba cada año a una célebre fiesta privada que organizaba Fidalgo en Campañana. A mí nunca me invitó, pero no se lo tuve en cuenta. Todo lo contrario: siempre sentí por él simpatía, afecto y reconocimiento. Descanse en el rincón más heterodoxo del paraíso berciano.

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