Diario de León
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Con viento fresco josé a. balboa de paz

En la política española hoy nada ni nadie es lo que parece ser. Vivimos en un juego de espejos en los que, al mirar, la realid ad que proyectan es engañosa. En ello tiene mucho que ver la demagogia de unos partidos, sin programas ni ideología, que con mentiras y publicidad buscan mantenerse en el poder a toda costa. La política ha dejado de ser un servicio público para convertirse en una forma cómoda de vivir bien. Por eso, no hay discrepancias internas graves, sino silencios mudos (como aceptar sin debate retrasar dos años la jubilación), y las que hay responden a los intereses territoriales y locales de unos barones, que las utilizan como plataformas electorales, alentando chovinismos, localismos e incluso separatismos.

Rajoy reflexiona ingenuamente sobre la viabilidad del carbón nacional en el mix energético y, en nuestra provincia, los socialistas se le echan al cuello, denunciando que el PP quiere acabar con las cuencas mineras. Rodríguez Zapatero, más cuco, proclama que no aceptará que se condene a la crisis a las comarcas mineras, y que defenderá las ayudas públicas al carbón, incluso al margen de su coste económico. Pero las palabras se contradicen una y otra vez con los hechos. La participación del carbón en la generación eléctrica nacional cayó en el pasado año un 26 por ciento. Algunas centrales térmicas leonesas, como Compostilla, han estado paradas varios meses, y las protestas de los mineros por la compra de carbón extranjero ha llevado a un bloqueo continuado de camiones.

Por el contrario, las energías renovables, apoyadas por Zapatero, han crecido un 18,3 por ciento. La energía térmica de ciclo combinado, cuyo principal combustible es el gas, en manos catalanas, constituye el porcentaje más alto, con la nuclear. Es en ese contexto en el que hay que situar el problema de la línea de alta tensión Sama-Velilla, que pretende llevar la energía de centrales de gas asturianas hacia los centros consumidores. Sama-Velilla es un proyecto personal de Areces y Zapatero, mal diseñado, obscurantista y sin apoyos por donde cruza. Los socialistas locales, con el alcalde de León al frente, se manifiestan contra la línea de alta tensión, pero en lugar de dirigir sus tiros a sus compañeros asturianos o al Gobierno central lo hacen a la Junta de Castilla y León por reunirse Herrera con Areces, por responsabilidad institucional, aunque saben que el PP se opone al proyecto.

Zapatero cierra la central de Garoña; pero al final, construirá el cementerio nuclear en alguno de los cinco pueblos de nuestra comunidad, que se han postulado. Aquí la confusión llega a extremos grotescos. Montilla como ministro diseñó la construcción del almacén temporal centralizado, pero ahora como presidente de la Generalidad se pone a la cabeza de las manifestaciones nacionalistas contrarias a su instalación en Ascó. Socialistas y Populares manchegos se niegan a su construcción en Yebra y Villar de Cañas. En ambos casos hablamos de comunidades que producen y se benefician de la energía nuclear, pero no quieren los deshechos en su tierra. El secretario del PSCL (verde políticamente, según José A. Alonso) se opone a su instalación en Castilla y León, pero en vez de criticar a Zapatero denuncia a Herrera como culpable de la miseria de esos pueblos abocados a ceder sus tierras a cambio de dinero y puestos de trabajo.

Si esos proyectos energéticos tienen un interés nacional, si la política energética ha de abordarse con proyectos técnicos a largo plazo ¿por qué se plantean en términos partidistas y no como proyectos de Estado? ¿Por qué se azuzan las diferencias regionales y locales, y no se aborda una política auténticamente nacional?. Porque no hay partidos nacionales, y, como en tantas otras cosas, estamos pagando los errores de una política territorial equivocada, en las que algunas comunidades, con hechos consumados, están imponiendo al resto de España un modelo de relaciones desiguales, que muchos no quieren ver. Es el juego de espejos que confunden con la realidad.

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