Diario de León
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Tribuna | Ángel Morillo Cerdán

Arqueólogo Universidad Complutense

Durante los últimos días hemos asistido a un auténtico torrente de noticias de prensa sobre la muralla León. En realidad, más que reflexiones científicas sobre la muralla o su Plan Director, actualmente en curso, la atención se ha c entrado en un aspec to «anecdótico» para el conjunto de la muralla, como es el hallazgo durante las obras de consolidación de varias lápidas romanas embutidas en el lienzo oriental. Noticias sobre el proceso de extracción de las mismas, su número, destino, lectura, contenido-¦ se han venido sucediendo en la prensa leonesa.

La semana pasada se informaba sobre el comienzo de las labores de extracción, acompañadas en esta ocasión de ciertas declaraciones que apuntaban que la construcción de la muralla podría ser «anterior a lo que se creía», remontándola incluso al siglo II d. C. La existencia de una sorprendente «cláusula de confidencialidad» (¿) aplicada a los investigadores que colaboran en el equipo, unido a las dificultades para obtener imágenes de las inscripciones, contribuyen a la sensación general de esperpento a la que nos tiene tan acostumbrados las noticias sobre el patrimonio histórico y arqueológico leonés, fácil campo de batalla entre políticos de distinto signo e investigadores y técnicos (arqueólogos, historiadores, historiadores del arte, arquitectos-¦) con diferente formación y objetivos.

Es preciso poner un poco de cordura en este ámbito. En el caso concreto de la muralla de León, la conocida popularmente como «de los Cubos» (en cuyo corazón, no olvidemos, hay obras anteriores que llegan hasta el siglo I, hoy invisibles), remontar su construcción al siglo II es un despropósito. Es, por poner un símil fácilmente entendible, como si datáramos el modernísimo edificio del Musac en época de Carlos III.

Tal afirmación se sostiene sobre imposibles pies de barro, porque los modelos constructivos de la muralla (lienzos de 7 m. de anchura, numerosos torreones semicirculares proyectados fuera de la línea de la muralla, empleo de materiales constructivos reutilizados como lápidas y sillares de edificios anteriores) no surgen hasta mediados del siglo III, de la mano de la gran actividad militar de la dinastía Severa y del derrumbe y subsiguiente reconstrucción de las fronteras del Imperio a partir del 260 d. C. No en vano una de las primeras murallas de este tipo fue la de la propia Roma, construida por Aureliano entre el 270-275 d. C. Si la muralla de León hubiera sido erigida en el siglo II de nuestra Era, se convertiría en un raro espécimen, objeto de una autopsia completa digna del CSI, portada de revistas y telediarios mundiales. ¡Una muralla que se construye de una manera que todavía no existía en el mundo romano! Digno de sonrojo.

Las murallas del periodo tetrárquico (finales del siglo III-comienzos del siglo IV) como las de León (y también Astorga, Lugo, Gijón, Zaragoza-¦) se han datado tradicionalmente a partir de la fecha de las inscripciones romanas utilizadas en su edificación. Dichas inscripciones son reutilizadas como material de construcción, expoliando necrópolis, y derruyendo templos y edificios de todo tipo, ya en desuso. Estos argumentos sólo pueden llevarnos a dataciones que conocemos en el argot arqueológico como post quem , fechas imprecisas siempre posteriores a las lápidas más modernas encontradas. Así dataron las murallas leonesas investigadores como Richmond o Balil. Sin embargo, a partir de los trabajos de García y Bellido, y de las modernas excavaciones arqueológicas, estamos en condiciones de datar las murallas de forma científica, a partir de la amortización de construcciones anteriores o del hallazgo de restos materiales (monedas, cerámicas) con fechas claras. Sin olvidar la aplicación de los nuevos métodos de la arqueología aplicada a la arquitectura, que estudia técnicas y sistemas constructivos a lo largo de la historia. En el caso de León todos los datos disponibles, como las excavaciones de Puerta Obispo o Santa Marina, confirman los años finales del siglo III o los primeros del IV como el momento de erección de murallas. Y apuntan al ejército romano como el responsable directo.

La arqueología trata de responder preguntas. Preguntas cuyas respuestas necesitamos. Para eso es excava. Para saber cómo y quienes fueron los que aquí habitaron y cuanto se nos parecían. Sacar la muralla de León de las mazmorras del olvido, al que parece condenada desde hace siglos, no se logrará con grandes noticias estelares en la prensa. Será fruto del trabajo silencioso, minucioso y tranquilo de los profesionales que excavan y de los científicos (arqueólogos, historiadores) que interpretan los datos arqueológicos. No se puede ni se debe confundir a la sociedad con debates estériles y desenfocados. Ni tampoco tratar de ocultar datos ni al público ni a comunidad científica, que tienen derecho a conocer su pasado y no ser rehenes de intereses particulares. El pat rimonio histórico y arqueológico, su mantenimiento, conservación y difusión sigue siendo un derecho y también un deber de todos.

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