Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Tribuna | Venancio Iglesias Martín

Catedrático de Literatura Española

Parece que estos días de invierno, tras las fiestas de la infancia pura, tienen asociada, de forma ineliminable, la nostalgia de las oportunidades perdidas, de los amores rotos, de los ideales truncados, de aquellos que tanto quisimos y se han ido. En León las calles son las vainas de afiladas katanas. La brisa se cruza con la brisa en cada encrucijada y se reúne y afina su silbo y se dispersa de nuevo por las calles de tal forma, que nadie puede saber de dónde sopla. La nieve añade la imagen del sudario y los jubilados llevan en su cara temores insinuados, (esta tos que no me deja, esta rodilla, esa pensión desmedrada cada día más) y en cada rostro se percibe la decisión de resistir. ¿Vendrá la primavera? ¿Es el frío leonés un preludio del frío del sepulcro? Amiga lectora mía, ya no somos jóvenes convencidos de que la primavera sucederá siempre al invierno; porque cada año, el invierno viene lleno de más amenazas y malos presagios. Ya comprenderá que no hablo de la crisis con que el poder suele blindar, con todo cinismo, su falta de eficacia, su ceguera, su estupidez o su mala fe. Hoy quería hablarle de otra cosa. Ya sabe. Me gusta dar rodeos a las cosas: rodeos que, a veces son atajos. Ahora que la he hecho consciente de la melancólica caducidad de todo, quería poner el acento en una palabra llena de emociones ambiguas en la que, sin duda, ya ha reparado.

¿Sabe usted? En Olleros (perdone la evocación del dolor y la mina) tuve un extraordinario maestro de primeras letras. Se llamaba Don Ángel y verdaderamente era un ángel con don, es decir era un señor (que eso significa don) ángel. Estoy convencido de que escondía piadosamente sus alas al bajar de su casa para entrar en su escuela. Pues bien, don Ángel nos repetía a lo largo de los cursos: «Aquí, (a la escuela) habéis venido para ser mañana hombres de provecho». Así, la escuela era el lugar donde habían de hacerse hombres de excelencia para mañana (no uso la palabra «futuro» pues los políticos la han arruinado con tanto «proyecto de»). Era muy claro para todos, que «provecho» significaba excelencia. Es como si nos dijera: todas las cualidades que tenéis, tenéis que desarrollarlas y enriquecerlas para alcanzar el modelo humano más hermoso. En esa palabra quiero que medite usted, señora, dentro de su melancólica desazón invernal que es la mía.

O en el Nodo o en el Proa, todos los días salía esa palabra que nombraba al innombrable: «Su Excelencia». Alguien se daba así mismo un título y exigía reconocimiento y acatamiento. Pero yo no quiero hablar de Su Excelencia porque usted me metería en la jaula de la derecha o la izquierda y la excelencia no puede basarse en un diploma ni en un reconocimiento obligado: -¡Llámenme «Excelencia»! Y por qué habría de hacerlo si no se la reconozco-¦ si no lo conozco siquiera-. Así, lo que quiero aquí, es descartar a Su Excelencia a quien la historia juzga ya de manera, cada día más imparcial. Pero la palabra hermosísima quedó contaminada y cayó en desuso. Algo muy peligroso,(aviso para políticos) porque huyendo de Su Excelencia, la democracia puso como ideal la mediocridad a través de la igualdad mal entendida. ¡Olvidemos, pues, a su Excelencia y dejemos que los historiadores acaben de poner en claro lo que todavía es un borrador!

Excelencia es el grado más alto de humanidad al que todos tenemos el derecho a aspirar pero, como pasa con cualquier actividad trabajosa y difícil, pocos sienten el deber de alcanzar. Excelencia es el grado más alto de bondad, belleza y equidad.

Una y otra vez se habla de reforma educativa y una y otra vez se olvida el objetivo, que podría formularse con esa palabra: Excelencia.

Si el chico permanece analfabeto en el colegio o el instituto o la universidad, quizá alcanzó ya su grado de excelencia en la enseñanza primaria. Retenerlo en cursos superiores intentando atiborrar de conocimientos una cabeza en la que sólo caben cuatro o cinco, que le harían feliz y bueno, para darle diploma de algún tipo de excelencia, es una imbecilidad costosísima. Costosísima para el gasto público. Costosísima para la familia, que no sabe qué hacer con el chico, y costosísima para el chico que, puesto que se ha invertido tanto en él y se le ha dado título, desconoce su propia depauperada capacidad para algo valioso. Ese chico que hubiera dado un hombre bueno y excelente mecánico, jardinero, vaquero, dependiente, etc. será un idiota, con diploma de excelencia en imbecilidad: un excelente imbécil. La calle está llena.

Ir madurando en el bien, la belleza y la equidad, sería el método de educación que lleva a la excelencia, y la ayuda que puede proporcionar la familia o la escuela debe adiestrar al alumno no para la pereza sino para esforzarse en la consecución del bien, de la belleza y la equidad, que es duro ejercicio.

Hace tiempo que en la sociedad funciona la idea de que «todo es opinable» y la de que el arte depende del gusto de cada cual y de que sobre gustos no hay nada escrito. Desde luego que todo es opinable pero las opiniones no tienen todas el mismo valor. Para ser excelente, señora, dígale a su hijo o su nieto, que ha de aprender a sopesar las opiniones y distinguir las que tienen sólido fundamento de las que carecen de él; las que se exponen como alimento a la idiotez en las tertulias de la telebasura, de las que su maestro expone en la escuela. En cuanto a eso de que sobre gustos no hay nada escrito, dígale que por muy común que sea, esa cretinez está contradicha por una larga historia de ideas de estética. Dígale también que la elevación de la sensibilidad, frente a la vulgaridad y la sandez que le rodea, es el fondo mismo de la educación: inteligencia para las ideas y capacidad de distinción en los gustos y la belleza son las que elevan la sensibilidad y le hacen a uno excelente frente a la estupidización progresiva de eso que se llama «la gente»: esa gente que está en todas partes y demanda casi exclusivamente, como los romanos más zafios, pan y tele, propina y disco, pereza y botellón, móvil para hablar memeces y dinerote rápido y abundante.

¡Ah! Me olvidaba señora; me olvidaba, querido colega del cementerio educativo. Díganle a su hijo o su discípulo (¡hay que rescatar esa palabra!) que la excelencia le permitirá distinguir fácilmente entre personas. Pronto verá que había personas que «parecían» sabias y eran totalmente necias; personas que creía sensibles y era gente de sentimientos vulgares, innobles y con una sensibilidad de pedernal para el dolor ajeno; personas que consideraba inteligentes pero era gente mentalmente insignificante, aupada al poder por pertenecer a un partido o una sigla: ganapanes y pícaros listillos, efesios, enfundados en trajes carísimos. ¿Efesios? Sí. Muy brutos. Ya recuerda la amarga sentencia de Heráclito que le he citado alguna vez: «A los efesios había que colgarlos a todos, desde el día en que expulsaron a Hermodoro el mejor entre ellos diciendo: Si quiere ser excelente que se vaya a otra parte lejos de esta ciudad».

Ese saber distinguir entre personas le hará tratar a cada cual según merecimientos humanos y, sobre todo, le hará buscar la compañía de los buenos. La excelencia le hará compañero de viaje de gente excelente, poca, pero la hay, y es deber suyo buscarla y hermanarse con ella, pues quien quiere mejorarse no lo hará si no sabe mirar a los demás. -“Determínate hijo -“dígaselo así -“ a arrimarte a los buenos-¦ los de provecho, los que alcanzaron su mejor grado de excelencia. Imítalos y supéralos si puedes. Y recuerda -“dígaselo así, señora -“que el poder lo da la mayoría pero la razón nunca la tiene la mayoría, si la mayoría no es excelente.

¿Se da cuenta señora? Mi maestro era sabio y bueno y equitativo (todavía me duele un pescozón severo con el que me enseñó tanto). Era excelente. ¿Se da cuenta de lo que significa «educación»? ¿Se da cuenta de por qué evoco aquí en los fríos días de invierno, la grandeza del magisterio?

tracking