Diario de León
Publicado por
M.ª Ángela Bernardo Álvarez
León

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Posiblemente les habrán visto, yendo frenéticos hacia Vegazana, compartiendo bostezos en el camino hacia la parada del autobús, o quizás esquivando los coches en sus automóviles de dos ruedas (o dos piernas, dependiendo de la estación del año). En esta época, parafraseando a Ismael Serrano, negra como un febrero o un septiembre estudiantil, habitan, conviven y comparten el lugar con más ambiente de todo León, llámase Biblioteca «Central» o el Albéitar. Sobreviven a base de café y Red Bull, y sus ojeras son tan grandes que hay quien les confunde con los personajes de la saga Crepúsculo. Son una especie común en estas fechas en ese pequeño ecosistema que es el Campus. Amontonan montañas de papel en los pupitres, tratan de memorizar con más o menos éxito los galimatías recolectados en varios meses. Resuelven problemas, interpretan algoritmos, estudian taxonomía, leyes, fechas, enfermedades. Se reconocen unos a otros por el número de folios a los que se enfrentan, y también, cómo no, por la desesperación ante el número de convocatorias agotadas o por la cercanía o lejanía con la que se ve la luz al final del túnel, para unos acabar la carrera, para otros, empezar un futuro incierto. Hay algunos, incluso, que en esta época, añorando días más cálidos y relajados, buscan un «moreno de flexo», siempre a juego con la sombra malva que cubre sus ojos. Cambian el estado de su red social según le vaya yendo el día, la semana o el instante. Resuelven dudas por correo electrónico, mandan privados por Tuenti, dan vueltas a los bolígrafos mientras ven pasar la vida acabando un tema. Se muerden las uñas antes de un examen, se desesperan, dejan asignaturas para septiembre o sacan las presentaciones en PowerPoint desde la Moodle o el Aula virtual de la Universidad. A veces, se les ve dando saltos ante la pantalla de un portátil, cuando (¡por fin!) después de días de nervios y agobio, ven en la Secretaría virtual que han aprobado. Son un rara avis, paradójicamente, una especie singular en esta mezcla de personas que recorre nuestras calles, y al mismo tiempo, dentro de la pequeña parcela de ciudad en la que se agrupan la mayoría de Facultades y Escuelas, no es difícil, citando a Juvenal, encontrarse con más de un cisne negro.

Quizás los tiempos hayan cambiado mucho desde aquel lejano 1979 en que se creaba la Universidad de León. Ahora, los corchos con los listados de suspensos o aprobados se ven en pantallas de ordenador, las clases han dejado de ser tan magistrales para ser más participativas y el ambiente social y político ha cambiado a pasos gigantescos. Pero quizás todos aquellos que pasaron alguna vez por las aulas se reconozcan en los mismos patrones, en esos rasgos comunes a todos que nos identifican como Homo sapiens. Es probable, por ello, que a pesar de que las circunstancias cambien (desde luego a este país no le reconoce «ni la madre que lo parió»), los individuos sigamos copiando los viejos cánones, ya descritos para nuestros hermanos o primos mayores, o incluso para nuestros padres. Quizás en esta monotonía ciudadana, muchos se reconozcan como parte de esos rara avis, que esperemos, por el bien de la provincia, nunca lleguen a estar en peligro de extinción.

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