Diario de León

Tribuna | JUAN C. FERNÁNDEZ MENES | Párroco de trobajo del cerecedo

«He acabado la carrera, he conservado la fe»

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Así rezaba el lema episcopal de monseñor Juan Ángel Belda Dardiñá, obispo emérito de León, diócesis agraciada con su breve, pero fecundo ministerio en estas tierras. Desde el 4 de septiembre de 1983 hasta el 15 de marzo de 1987, don Juan Ángel fue pastor de esta Iglesia diocesana, su estancia entre nosotros fue un canto inestimable, hecho desde el corazón y probado en la enfermedad, a la virtud de la confianza en Dios y a la vitalidad de su Iglesia, poniendo su vida entera al servicio del ministerio que Dios Padre le había encomendado para bien de su pueblo. Un servicio hecho desde la cercanía, la humildad y la pobreza incluso en lo material, vino a León ligero de equipaje y aún se fue con menos: un día dio en venta su anillo episcopal de oro, fundido con las alianzas de muchos matrimonios de Bilbao, su tierra de procedencia, para ayudar a un necesitado, «la riqueza de la iglesia son sus pobres», decía San Lorenzo.

Don Juan Ángel tenía como tema y lema de su vida la confianza en Dios, cuyo fundamento es la convicción sobrenatural de que la fidelidad de Dios no quebrante su compromiso ni siquiera cuando se ve traicionada. Y Junto con ello la plena seguridad de que Dios que, ante todo es Padre, nos hace objeto de su cariño indescriptible en cada respiro del día. Nos invitaba con frecuencia a vivir desde lo más profundo de nosotros mismos la gracia de haber sido elegidos por Jesús de forma incondicional para ser sus amigos. Nos solía recordar que, a pesar de nuestros pecados y nuestras miopías, el mundo y la historia se mueven hacia su plenitud recapituladora en seno amoroso de la Trinidad, origen y patria de la creación entera. Don Juan Ángel también soñaba, no se conformaba con un «ir tirando» para su Iglesia de león, nos decía en su despedida como obispo que tenía un sueño: «con vosotros y para vosotros quiero soñar con una Iglesia fiel a las Bienaventuranzas, desenganchada de todas las tentaciones de configurarse según los valores de este mundo, receptora agradecida del amor de Dios y comunicadora del mismo. Con una Iglesia evangélicamente pobre, que base su esfuerzo en la cruz desnuda de Jesús, que no se corrompa con idolatrías de apariencias. Quiero soñar con Iglesia reconciliada con Dios y consigo misma, porque sus miembros ejercitan el perdón y la ayuda fraterna, en sus palabras y en sus gestos, aceptando y asumiendo todo lo que de bueno y positivo tienen los demás. Quiero soñar con Iglesia más joven, no sólo por la edad de los miembros, sino por la vitalidad para acoger a los demás y caminar juntos, haciendo todo lo posible por entregar a los más jóvenes esperanza y ganas de vivir, acogiendo todo lo noble y bueno que hay en este mundo. Quiero soñar con una Iglesia que sea capaz de nortear y encauzar los signos de los tiempos y las llamadas de Dios, dando razón de su esperanza al que se lo pida. Quiero soñar con una parroquia que tenga su único norte en el reino de Dios; una Iglesia experta en humanidad, con palabras y hechos de esperanza para todo el que se acerque a nosotros». Desde esa Iglesia y por esa Iglesia habló, actuó, vivió y sufrió, con amor de amigo, dolor de enfermo y trabajo de sacerdote, hasta que el Señor lo ha llamado a su seno. Gracias por tanta sabiduría y bondad evangélicas; descanse en paz y desde la cercanía y compañía de la Santa Trinidad, siga intercediendo por nosotros.

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