A saber qué serán
Nubes y claros | maría j. muñiz
La noticia no deja de ser sorprendente: los avances tecnológicos provocarán que el 60% de los niños que hoy tiene cinco años desarrollará trabajos que aún no existen. ¿Tanto van a cambiar las cosas? Parece que sí, en opinión de los empresarios del sector tecnológico y los políticos europeos. Responsables públicos que ven alarmados cómo una generación para la que los ordenadores, videoconsolas y artilugios informáticos varios no son sino una prolongación de sus dedos y sus cerebros, se aleja paradógicamente de la formación científica.
Nunca hubo tanta tecnología a nuestro alcance (apechugándonos, más bien) y nunca habían descendido tanto los estudiantes de bachillerato de ciencias. Paradojas de la evolución. Porque no deja de resultar sorprendente que precisamente ahora, cuando cables, megabites y puertos usb invaden nuestra cotidianeidad, los jóvenes decidan darse a la filosofía y la filología.
El caso es que se ha puesto en marcha una campaña por parte de los líderes tecnológicos que, con mayor o menor protagonismo de la tecla, bien podía aplicarse a todos los ámbitos sociales y juveniles. La iniciativa pretende sensibilizar a los bachilleres sobre el valor de la sociedad de la información y el futuro, pero haciendo hincapié en la creatividad, el carácter emprendedor, el liderazgo y (esto sí es nuevo) el papel de la mujer en este sector.
Ojalá tengan éxito. Pero ¿qué va a ser de mi? No sólo soy de letras, lo que en mi época no estaba tan bien valorado, sino que los avances tecnológicos me han condenado poco menos que al analfabetismo funcional. Al menos, al complejo tecnológico, y la contemplación ojoplática de conversaciones sobre compras de ordenadores y descargas de Internet (ahora que no nos oye la ministra).
¿Qué me deparará el futuro, cuando el Gobierno me tenga trabajando hasta viejita, viejita, sin pensión y en un mundo el que no entenderé nada? O sea, como los viejitos de ahora, pero dentro de treinta años.