Veinte años después
Con viento fresco josé a. balboa de paz
El título no alude a la conocida novela de aventuras de Alejandro Dumas, aunque también aquí bien podríamos hablar de los tres mosqueteros que, como se sabe, no fueron tres sino cuatro, como los cuatro presidentes de Consejo Regulador de los Vinos del Bierzo: Luis Hernández Romo, José Luis Prada, Carlos Méndez Laredo y el actual, Alfonso Arias. Sin duda no sólo ellos, pero tampoco sin ellos, pues han sabido dirigir bien el Consejo, sin el cual no sería posible explicarse el éxito de los vinos bercianos. Desde que en los día s del ministro Romero nuestros vinos alcanzaron la preciada distinción, la vinicultura del Bierzo ha acelerado un proceso de reformas agrarias y una calidad en los vinos bercianos verdaderamente sorprendente. Esto es lo que se ha querido reconocer con el acto celebrado el jueves en Cacabelos, en la moderna sede del Consejo, con la celebración del vigésimo aniversario, momento oportuno para conceder los premios anuales Gaucelmo, que reconocen a los que se distinguen en el apoyo y promoción de los caldos de esta tierra.
En la historia de los vinos del Bierzo, que se remonta a la temprana edad media, hay una extraña paradoja: se discute frecuentemente su calidad, incluso Munárriz en su informe de principios del siglo XIX los descalifica sin contemplaciones; pero por otro lado sus vinos alcanzan una buena difusión en las regiones limítrofes, unas veces porque monasterios gallegos (Samos, Sobrado) y leoneses (Carrizo, Sandoval) tiene en el Bierzo viñedos y bodegas, signo de su interés por abastecerse de vino de una comarca que goza de buenas cualidades edafológicas y climáticas para su cultivo, como sostiene García de Cortázar; en otros casos porque lo adquieren aquí a través de compras, como hacen algunos monasterios asturianos de los que tenemos referencias en la edad moderna. Lo cierto es que, en el siglo XVIII, este cultivo alcanzaba en el Bierzo una notable extensión, probablemente unas seis mil hectáreas, y un importante consumo fuera, a través de los gremios de vinateros de las principales villas de la comarca.
Luego vino el aciago siglo XIX con las numerosas epidemias (oidium, mildeu, filoxera) que acabaron prácticamente con todo el viñedo, como estudia con precisión Huetz de Lens y lamenta del Llano Ovalle en sus Flores mustias y lozanas del Bierzo. Hubo que empezar de cero, con portainjertos americanos sobre los que injertar algunas de las antiguas variedades de uva autóctona. Fueron, como siempre, los pequeños campesinos y algunos comerciantes los que renovaron en el primer tercio del siglo XX la viticultura berciana. Quizá lo más notable fue que nacieron entonces algunas conocidas bodegas que comenzaron su proyección hacia el exterior, como Guerra y Palacios de Arganza. Después de la guerra civil se abrieron nuevas bodegas (Rofemar, Carpal), y el vino gozó unos años de una notable prosperidad, aunque no así los pequeños campesinos que veían como todo su esfuerzo era sacrificado a favor de bodegueros desaprensivos. Fue en ese contexto, años sesenta, cuando nacerían las Bodegas Cooperativas que, sin lugar a dudas, jugaron un importante papel en la modernización de los viñedos y de los vinos.
Pero hacía falta un paso más, y este fue el logrado por la denominación de origen en 1989, aunque ya se venía trabajando por ella desde 1985. Esta ha tenido tres consecuencias muy importantes: la mejora de la viticultura, pues las viñas se han plantado con variedades recocidas como propias por el Consejo, sobre todo la Mencía, para los tintos, y el Godello para los blancos; se ha diversificado el número de marcas y de bodegas, que en este momento son cincuenta y cinco, unas de bodegueros locales y otras de empresas de fuera, que han apostado por la calidad de nuestros vinos, como atestiguan los premios logrados en estos años (Zarzillos, Vinalies); y por últim o, la proyección de los vinos hacia mercados más amplios, nacionales e incluso internacionales. Veinte años después el salto ha sido de gigante y este es sólo el principio.