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León

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La aspillera | vicente pueyo

En ese alocado ejercicio de extranjerización interesada que ha caracterizado el devenir de la España de las autonomías en los últimos años, reconforta toparse con algunos ríos por los que fluye, lenta y fecunda, la conciencia sensata de que estamos muy próximos, de que es muy fácil y provechoso el hermanamiento de ideas y voluntades a través de la cultura. (Porque hay demasiados políticos de aldea a quienes no interesan lo más mínimo estos criterios tan sencillos y enriquecedores dado que lo suyo es el chantaje y el ombliguismo cotidianos).

Turia , una revista esencial, casi milagrosa, en el panorama literario español de los últimos 30 años, desembocó el martes en León, con la mejor de las voluntades, para rendir homenaje, en un número primoroso, a Luis Mateo Díez. Y León supo responder al esfuerzo generoso de los promotores de la revista, -”encabezada por el entusiamo imperturbable de Raúl Carlos Maícas-”, abarrotando el salón de actos de Caja España. Luis Mateo, hacia quien se dirigía el foco de atención, no tuvo empacho en reconocerse «aragonés», si por eso se entiende e sa comunión de espíritus y paisajes que la relación de amistad y el conocimiento directo del territorio han favorecido. Hay sin duda algo, quizá bastante, del mundo duro y escueto de Celama en los altos y fríos páramos turolenses que no parecen tener otros límites que las alas del esparvero. Espacios desolados, radicales, sin concesiones, unidos por la desazón de los sentimientos que es la misma aquí y allí. Por eso decía Luis Mateo que se sentía como en casa, acompañado por una escogida corte de amigos y compañeros en el amor a la literatura. Quizá la cultura, la escritura en este caso, y su se gundo acto que es la lectura, tienen, cada vez más, un carácter de escapatoria de una realidad sociopolítica que abruma con sus excesos y dejaciones. Actos como el del martes contribuirían a ese efecto «balsámico» que permite reconocer y reconocerse en las cuestiones trascendentales de la vida. Resulta realmente emocionante (y también debería abrir aquí espacios para la reflexión) que sea una revista hecha en Teruel la que protagonice esta iniciativa que no hace sino subrayar la larga y honrada tarea de un esc ritor que ha sabido trascender, como pocos, lo local hacia lo universal. En una clarificadora entrevista de Fernando del Val, incluida en este número de Turia (el río de Teruel y de Valencia) , Luis Mateo se muestra rotundo y sin aristas cuando habla del mercantilismo imperante y de sus objetivos como escritor: «No me ando con pijadas: yo escribo para la eternidad. No me voy a poner a hacer algo para tener éxito y llevarme un premio y unos dineros. No me interesa en absoluto. Escribo para la permanencia, buscando que mis libros se conviertan en clásicos».

Sin perder de vista este horizonte, el escritor lacianiego confesó que se encuentra en un momento clave y especialmente reflexivo en el que conviene contemplar el camino desde cierta altura y tomar aire fresco. En este sentido, la coincidencia de la aparición, justo ah ora, de este espléndido monográfico tiene para él algo de providencial que le abrirá rutas inéditas. Seguro que así será.

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