Diario de León
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Tribuna | Máximo CAYÓN DIÉGUEZ

En esta capital del Viejo Reino, cada quinto viernes de cuaresma, cada Viernes de Dolores es un gozoso testimonio de la devoción que alienta la Virgen del Mercado en el alma de los leoneses. Siempre fue así. Desde pretéritas centurias. Por eso, el aserto, además de ser un juicio de valor, es producto de los hechos y, por ende, constatable. Recordemos al caso que, tal como acredita la tradición, el 9 de febrero del año 560 la Virgen «se aparesció» donde se halla ahora una cruz de piedra en la popular plaza del Grano.

Hoy, a las ocho de la tarde, cuando «La Morenica del Mercado» acceda a la otrora calle de la Frenería, que es cauce urbano ahíto de vitalidades jacobitas, el admirable maridaje que sustentan fe y fervor, oraciones y súplicas, vivencias y sensaciones, es digno de atención y deferencia. Y es que la presencia de Santa María del Camino, su auténtica titulatura, en las calles legionenses, articula en el espíritu comunitario una intensidad emocional que promueve en el ánimo una inefable y reconfortante esperanza.

Virgen de rogativas, protagonista de excelsas resonancias y de registros concretos en las actas municipales, en definitiva, versículo secular de la piedad leonesa, esta Santa María del Camino, la Antigua, señalada de esta forma desde el siglo XVI para distinguirla de la patrona de la región leonesa, «aparecida el 2 de julio de 1505, a una legua al occidente de la ciudad», esta «Virgen de las Tristezas», como la denominó Cayón Waldaliso, es refugio y consuelo de atribulados y marginados, de desesperanzados y desfavorecidos, de afligidos y desamparados. La talla, que es anónima y sedente y está realizada en madera de peral, data de los albores del siglo XV. En su rostro predomina el sombrío resplandor de la impotencia, en su mirada, la angustia que apresa su pecho, y en su modo de contemplar al Hijo que sostiene en sus amorosos brazos, el gesto de agobio y desconsuelo que promueve la congoja íntima que invade su corazón alanceado por los siete aceros del dolor más acerbo.

El itinerario del cortejo penitencial viene establecido por la tradición. Se trata de un escenario de trazado irregular donde se yuxtaponen calles estrechas y recoletas, plazas timbradas por la historia y la leyenda, y ángulos y rincones batidos por el viento de los siglos, como corresponde a una urbe que lo mismo guarda en sus entrañas los rasgos distintivos del cardus y el decumanus de la romanidad, que exhibe con legítimo orgullo la heráldica que confirman divisas y blasones de linajudas familias de contrastado rango y abolengo.

«Déjame hacer junto a ti/ese augusto itinerario. /Para ir al monte Calvario,/ cítame en Getsemaní». Los versos son de Gerardo Diego. Y reflejan la voluntad de las miles de devotas que acompañan en esta festividad litúrgica a la Antigua del Camino. Y tanto es así que el pasado año, en la calle Ancha, la Corporación Municipal portó la sagrada imagen durante doscientos metros, aproximadamente, sumándose así a la propuesta de que la Virgen del Mercado sea nombrada oficialmente Patrona de la ciudad de León. Este año, la representación edilicia pujará otra vez durante dicho trayecto con idéntico propósito.

La procesión tiene prólogo, tres capítulos y epílogo. La salida de la Virgen, que ya hemos esbozado más arriba, constituye el primero de los citados. Allí, la morfología urbana se torna balconaje ferviente y devoto. Y, allí, entre un bosque de luminarias se entreveran los sonidos de la torre parroquial y los bronces de la espadaña benedictina, tan próxima y entrañable, y se yuxtaponen el rezo, el ruego, y la música doliente.

Los tres capítulos hallan sentido y contenido en el templo conventual de las MM. Benedictinas, ante la capilla del Santo Cristo de la Victoria y en la plaza de Santo Domingo. Son tres estaciones que realiza esta singular manifestación de religiosidad popular, tres láminas que impregnan de fervores piadosos la retina popular. El epílogo se lleva a cabo una vez que la Antigua del Camino entra en el templo parroquial. Se visible entonces una estampa que alienta el pulso de la fe desde tiempos inmemoriales.

En 1974, Victoriano Crémer advertía que: «la procesión de los Dolores - ¡qué definitivo nombre éste para una representación pública de amargura! - se diferencia de las demás, que habrán de suceder durante la semana entrante, por su conmovedora sencillez». Como es evidente, la afirmación neutraliza cualquier tipo de elucidaciones.

La procesión de la Virgen de los Dolores es, sin duda alguna, la procesión del pueblo de León. Hoy, quinto viernes de cuaresma, a las ocho de la tarde, comienza la Semana Santa en esta Urbe Regia. Y en el templo de Santa María del Camino, incardinado en el milenario Camino de Santiago, la devoción que alienta la Virgen del Mercado en el alma de los leoneses adquiere valor de crónica. Es un grabado que se produce y reproduce, año tras año, con puntualidad de siglos.

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