Diario de León
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Tribuna | Julio Ferreras

La frase no es mía; no obstante, la comparto plenamente, por eso escribo estas líneas. Pertenece a uno de los hombres más brillantes del pasado siglo y de los má s olvidados, hoy: Pierre Teilhard de Chardin, jesuita y antropólogo, marginado e incomprendido en la ciencia oficial y más aún entre sus propios correligionarios. En 1966, el entonces director general de la Unesco, René Maheu, en la apertura del simposio Ciencia y síntesis , expresó: «La obra de Einstein y la de Teilhard constituyen, sin duda alguna, cada uno a su forma y por su propio esfuerzo, los sistemas de conocimiento más extensos y densos que se hayan concebido».

Teilhard de Chardin, haciendo unas reflexiones acerca de la repercusión espiritual de la bomba atómica, expresa que el hombre no ha asumido aún verdaderamente el impacto, sobre su alma, de la liberación de la energía del átomo, que ha supuesto -”dice-” que «no sólo ha cambiado la faz de la tierra», sino que «en el corazón mismo de su ser» ha nacido un nuevo hombre que no se reconoce a sí mismo, y que el ser humano ha experimentado un sentimiento nuevo de poder, que no ha sabido qué hacer con él. Quizás por eso, advierte Teilhard: «El enemigo número uno del mundo es el aburrimiento». Debe referirse, sin duda, a los países más desarrollados, porque los pueblos del mundo subdesarrollado no tienen tiempo para aburrirse.

Se trata evidentemente del aburrimiento del cuerpo sin el espíritu, pues éste -“debido a su ingente creatividad- jamás se aburre. El hecho de que el hombre moderno es un ser aburrido, lo han observado varios pensadores, porque está centrado esencial y casi exclusivamente en su cuerpo, en lo material. Y es ese cuerpo el que busca fórmulas para compensar el aburrimiento: consumir y poseer cosas nuevas que nunca sacian. No olvidemos que lo material, por sí solo, no puede llenar el vacío interior. En cambio, el espíritu llevaría al hombre a la solidaridad y la fraternidad, al interior de sí mismo, a construir sociedades armónicas y pacíficas. El hombre moderno no sabe qué hacer con su vida, por eso lo experimenta todo (o mejor, casi todo, porque lo esencial apenas lo advierte). Experimenta los deportes masivos y violentos, los deportes de riesgo, los récords de todo tipo (la mayoría récords del absurdo y del aburrimiento), las drogas y toda clase de diversiones y banalidades. Todo para el cuerpo sin el espíritu.

Y ello es debido a que olvidamos el ejemplo y la obra de los grandes hombres, y los sustituimos por el ejemplo y la obra de los mediocres, que hablan y escriben como profetas de un mundo falsamente prometedor, y fieles siempre a los dictados del poder. En medio de esta irresponsabilidad y de esta codicia que caracteriza al hombre actual, Teilhard advierte que esa conquista que el hombre ha hecho de la materia, ha sido «habilidad y sagacidad más que creación». «Por haber extendido -”dice-” nuestra mano hasta el centro mismo de la materia, hemos descubierto la existencia de un interés supremo: el interés de impulsar más lejos, hasta el fin, las fuerzas de la vida. Al hacer estallar los átomos hemos mordido el fruto del gran descubrimiento», y añade poco después: «Se nos dice que, embriagada por su fuerza, la humanidad corre hacia su perdición, que va a quemarse en el fuego imprudentemente encendido por ella misma».

¿No son actuales, en su totalidad, estas palabras? Así es todo su libro «El porvenir del hombre», lleno de esperanza y de futuro para la humanidad (por cierto, libro agotado, como casi toda su obra). Pero el hombre no ha aprendido la gran lección de la liberación del átomo, que Teilhard conoce bien. Por eso probablemente dice: «La era atómica: era no de la destrucción, sino de la unión en la investigación». Se trata del advenimiento de un Espíritu de la Tierra, como recuerda el mismo Teilhard, el hombre alzándose sobre un universo hostil y ciego, con un espíritu de entrega y de amor, la elevación de la conciencia, la verdadera grandeza del corazón humano. Eso es lo que tiene cada ser humano por delante, y cada uno de nosotros es responsable de lo que hace con su vida. Este gran científico moderno, que es Teilhard, nos habla de pensar y servir a la colectividad, porque caminamos indefectiblemente -“y mal que nos pese- hacia la unificación y la integración de todos los grupos humanos. Como recuerda Teilhard, toda rebelión hacia lo colectivo «será vana, porque ninguna fuerza del Mundo podrá hacernos escapar a lo que es la fuerza misma del Mundo». Y advierte en otro lugar: «Querámoslo o no, la Humanidad se colectiviza, se totaliza bajo la influencia de las fuerzas físicas y espirituales de orden planetario. De ahí el conflicto moderno, en el corazón de cada hombre, entre el elemento cada vez más consciente de su valor individual y los lazos sociales, cada vez más exigentes».

La humanidad actual se encuentra en una nueva encrucijada, como en los tiempos de Copérnico y Galileo, lo cual trajo entonces una nueva visión del mundo. Según Teilhard, la humanidad se halla, hoy, ante el fenómeno que él denomina en los términos de «planetización», «socialización», «totalización» o «colectivización», una tendencia planetaria biológica de la humanidad hacia la unificación y la integración, que está originando -”como en el siglo XVI-”cambios profundos en el pensamiento, en las creencias y en la propia vida, y que la voluntad humana puede retrasar, alterar, pero no impedir. Sería muy beneficioso para toda la humanidad que tomáramos conciencia de este hecho del que advierte el gran científico.

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