Los sanadores de Villasinta
El aullido | luis artigue
León nunca ha sido ámbito exento de gente fascinante con personalidad magnética y trabajo «poco serio»; individuos que parecen personajes infiltrados entre las personas. No es fácil encontrarlos, y menos ver en ellos altura humana y militante estilo propio, porque aquí las ramas no te dejan ver el bosque. Como decía César Vallejo, son pocos pero son. Y él -maneras de reverendo rural, cuerpo de gladiador retirado que fue rudo, pureza sin puritanismo, capacidad hipnótica en sus ojos como rotondas azules- se cuenta entre ellos. También ella-¦ Les cuento: Luis Carlos, el sanador de Villasinta de Torío, habla siempre al amparo de sus fijaciones espirituales. Es vibrante y profundo aunque su aura puede llegar a extenuarte. Sabe mirar este mundo como quien contempla un fracaso apasionante. Celebra lo que ama. Como si fuera una mezcla entre Carlos Castaneda, San Luis Gonzaga, el curandero de Boñar y Charlot mirando a la luna con un cazamariposas en la mano, se sabe saludablemente influyente en las relaciones entre dolencias físicas, nudos emocionales y tensiones no resueltas, aunque él, como los chamanes, vive no de comerciar con el dolor de la gente, sino de sanar (no tengo ni idea de lo que fue en el pasado, pero carece del maniqueísmo de los conversos).
Luis Carlos intuyo que considera que la alegría es, primero, un prodigio de la comunicación de uno consigo mismo: por eso convierte sus conversaciones en una suerte de comida con especias. Ve más de lo que se ve. Va y viene del más allá sin el más mínimo miedo a la incomprensión o sentido del ridículo. Hace gala de un idealismo que convierte a los políticos y médicos en vendedores de drogas que trataran de convertir la felicidad en propuesta comercial. No jura el vino en vano, como reza el verso de Antonio Pereira. Es gourmet agropecuario y mesiánico. ¡Un tipo tan curioso que sí parece de aquí! Escribió Anaïs Nin en sus diarios que «es difícil vivir con los puros porque no nos condenan, nos perdonan, y ese perdón es algo más terrible que un juicio». Sin embargo la admirable compañera de Luis, Izaskun, todo bonhomía en suspiros, yoga, taichi, budismo, meditación trascendental, convive simbióticamente con ese puro convirtiéndose a él aunque no en él, pues eso es bailar amorosamente juntos por la vida (de todas formas ella parece cómoda manteniéndose en un plano más intimista cuando les veo juntos: debe tener que ver con algo atávico que la hace hablar siempre haciendo sentir a su interlocutor que lo que importa es el otro). Izaskun, oriental, corporalmente esencial, posee una mirada penetrante que se asemeja a una caja de violonchelo siempre abierta, y, al acompañarle, le rodea -te rodea- con su integridad. En efecto hay en León personas tan benéficas que parecen proyecciones; que se diría que sólo existen en el momento en que estás con ellos, y, cuando te ausentas, desaparecen igual que sueños. Hoy he querido presentarles a dos de ellos mediante esto que escribo ahora que los recuerdos aún me embriagan-¦ Sean felices, se lo recomiendo.