La crisis, de las apariencias a las esencias
Tribuna | David Díez Llamas
Sociólogo
Vivimos en una sociedad en la que se prima la apariencia por encima de lo que resulta esencial en la caracterización de un determinado servicio. Es el ejemplo del arquitecto que construye un puente y el objetivo del mismo no es tanto el permitir el paso de una a otra orilla de un modo seguro, sino que se prima el que dicho puente quede bien en una fotografía, en un libro... Lo que ocurre luego es que dicho puente origina numerosas caídas, exige un importante mantenimiento y unos altos costos al erario público.
En su egolatría ese arquitecto sitúa a su obra por encima de las personas. ¿Qué hay caídas? No importa, ¿Qué los usuarios deben salvar importantes desniveles para llegar a la otra orilla? Tampoco importa. Lo que es fundamental es que la obra, su obra, no se pueda tocar aunque sea para mejorar los desaguisados que provoca. La consecuencia última es que este arquitecto no volverá a trabajar en esa ciudad.
Los hechos que relato en ese ejemplo son reales y creo que reflejan una situación mucho más general. Es la sociedad que se fundamenta en la evanescencia de las apariencias. Es el banco que se vende como «fresh banking» aunque luego se hayan tenido que emplear fondos públicos para evitar su colapso. Son los servicios administrativos que se crean para «hacer como sí...» aunque de hecho no aporten nada en su funcionamiento. Son también las personas que viven por encima de sus posibilidades en un intento de aparentar lo que no son. Es la sociedad que promueve un consumo desenfrenado y que ha perdido los valores del esfuerzo, del sacrificio... Es una sociedad hedonista en la que se maximiza el placer, en la que se vive el presente y en la que el futuro queda demasiado lejos.
En mi opinión es este el modelo social que está entrando en crisis y que fundamenta el momento actual. La situación obliga a un cambio que ira ligado a primar las cosas esenciales sobre las apariencias. Nos interesamos en que los bancos donde llevamos nuestros ahorros sean solventes y tendemos a descartar todas aquellas cosas ligadas a la imaginería financiera de pomposos nombres y pobres resultados. Las obras deben primar su utilidad por encima de sus condicionantes estéticos (sin que tampoco tenga que estar reñidos con ellos) .
En este cambio social que se está operando la ciudadanía va primando cada vez más el ahorro como previsión de futuro. Ya no es el presente lo único que importa, se empieza a tener en cuenta que las circunstancias del medio social cambian y hay que prever dichos cambios. Me decía un ejecutivo de una entidad financiera que si anteriormente el producto estrella fueron los créditos hipotecarios, en este momento lo son los depósitos. Este es un signo claro del cambio de mentalidad que se empieza a producir.
Como un huracán, la crisis se está llevando a muchos profesionales de lo ficticio, a los inventores de la nada. Son aquellas personas huecas que valoran a otras no por lo que son sino por el cargo que ocupan. En esa línea creen que lo nuevo es por definición lo mejor y por ello se hace necesario cambiar aún cuando ello vaya en detrimento del servicio prestado. Son los que desprecian a las personas de una cierta edad, ya que «lo viejo» no viste y hay que ser «chic».
Sin embargo en nuestra sociedad cada vez el porcentaje de personas mayores se incrementa y no contar con ellas supone dejar de lado a un elemento importante de la sociedad. He llegado a ver sondeos electorales en los que en la ficha técnica que se ha colgado en Internet se indica que el tramo de edad va de 18 a 65 años. Vamos, como si las personas de más de 65 años no votasen. Es esa realidad ficticia que se ha promovida y llega a todos los campos.
La crisis está ayudando a que los aspectos sustanciales, los que aportan y dan servicio al medio social se primen en detrimento de lo fatuo, de lo que es ficción. Aquellos que más rápidamente se adapten a este cambio social serán los ganadores de está crisis. Las restricciones económicas ayudan a que nos centremos en las cosas que son verdaderamente importantes, en lo que apor ta valor. Si el final de la crisis fuera este igual hasta habrá merecido la pena.