Concha Casado y su Cabrera
Tribuna | Manuel Garrido
En los coloquios con los pintores Severino Carbajo y Pilar Ortega, que siguen o preceden a sus exposiciones sobre Cabrera, con frecuencia les toca asistir divertidos al asombro en los ojos de los presentes. Suele ocurrir cuando, al ponerlos en antecedentes y otras circunstancias de su trabajo, mencionan el pueblo donde viven: Truchillas, Cabrera Alta, al amparo del Vizcodillo, la elevación donde la sierra de la Cabrera Baja se ñala su comienzo por el este, como Trevinca marca su descenso por el oeste. Pero ese inicial asombro ante el nombre sube de tono al oír a continuación los años de permanencia en el pueblo cabreirés, una cifra que ha ido acrecentándose por dicha: 20 años, 30, 35 ahora mismo.
Ahora bien, uno se pregunta si ese asombro se asomaría en esos mismos ojos, si la palabra pronunciada, en vez de Cabrera, fuera por ejemplo Bierzo, Sanabria, Maragatería. Presumimos una respuesta negativa. Porque Cabrera es Cabrera y nuestros dos pintores ocupan ese lugar de última hora en la fila de los seducidos por ella, que ya cuenta sus años por magnitudes seculares. Este es la tierra que hace más de mil años cobijó a un grupito de chiflados a lo divino, comandados por un tal Suleimán, mozárabe. La suya fue una locura en cierto modo también artística, si mística, pues que pretendieron un proyecto de vida común, al estilo de San Benito, en esa armonía de cultivos interiores y labranzas agrícolas preconizada por su regla famosa. Fue el escenario de la aventura cenobítica un rincón frondoso del valle del Cabrera, allí donde el río traza un recodo, recién amanecido de su seno en el lago de La Baña. Llamaron Intranio a aquel solarcito .
Esta es la palabra que Suleimán utiliza en su latinizada parla ( locello ) y en ella podría tal vez latir su emoción al evocar los días del entusiasmo primero que lo llevó hasta allí. Porque al fin, después de muchos años, él y sus compañeros, rendidos a las dificultades, lo abandonaron y se fueron al grande y cercano monasterio de San Martín de Castañeda, al otro lado de la sierra. Y así es como dejaron atrás para siempre aquellos años inolvidables en Intranio, orillas del Cabrera, donde tal vez fueron felices.
Ya no un locello concreto enamoró a doña Concha Casado, sino la entera Cabrera con un par de lugares destacables en los años primeros de su vinculación y entrañable relación. Se trata de Truchas, en primer término, y también de Nogar, que acogieron sus primeras correrías descuidadas por la tierra lejana y sonriente. Más tarde ya se aposentaría en Truchas como estudiosa y doctoranda en el habla propia de la tierra amada. De modo que la relación de doña Concha con Cabrera abarca ya muchos más años que los de Suleimán en la suya con Intranio, porque comenzó en los años 30 del siglo pasado y aún no ha concluido por ventura. Su dedicación constante ha granado espléndidamente en un conjunto de trabajos, estudios, inspiraciones y afanes sin medida como variaciones sobre ese tema cabreirés de su elección y compromiso incansable. Ahora, el gobierno autonómico ha galardonado al fin su larga trayectoria como estudiosa y valedora de la cultura tradicional, concediéndole uno de sus premios mayores, precisamente en el campo del Patrimonio. Ese premio que corona su vida alcanza también a la Cabrera, porque ocupa en esa vida un lugar muy importante (cuyos orígenes he recordado y puesto en los años 30: 1934, exactamente), más aún desde que un día de 1994 correspondió a su entrega nombrándola hija adoptiva. Así es la verdad: Cabrera tiene en su trayectoria presencia y peso tales, que sin ellos, todo habría, para una y también la otra, sido tan diferente.
Intranio y Suleimán nos quedan ya muy lejos, pero todavía los evocamos con emoción asociados en la lejanía de los tiempos. Dentro de otros mil años el binomio entonces añorado será el de Cabrera y doña Concha, así unidas en otro momento de la historia. Y la lista se completa provisionalmente con otro sugestivo sueño: que un día lejano alguien descubra en un libro antiguo el nombre de nuestros dos pintores y el del pueblo cabreirés, junto con las bellas imágenes de cuadros y dibujos recr eando lo que Cabrera fue en el siglo XX.