Antonio Pereira, un leonesista ejemplar
Tribuna Guillermo Suárez Fernández
catedrático emérito de la Universidad complutense y miembro de número de la real academia nacional de medicina
El 25 de abril de 2009 fallecía Antonio Pereira González, conocido escritor leonés tan querido y apreciado. Parece que fue ayer y es que, con los años nos empieza a fallar la percepción del tiempo. No te hemos olvidado Antonio. Probablemente he sido una de las personas que mantuvieron contigo un mayor contacto personal en los días que precedieron a tu inesperado óbito.
Habíamos convenido que el día 17 de abril estarías presente en la presentación de mi libro La Dimensión cultural de la ciencia editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de León y que tendría lugar en tu querida Casa de León en Madrid y dos días más tarde estarías presente en la toma de posesión de José María Merino en la Real Academia Española.
El mismo día 17 el presidente de la Casa recibió una carta en la que excusabas tu asistencia refiriéndose a la Casa de León «donde yo debiera estar si al final no se hubieran opuesto algunos inconvenientes que estorbaron mis planes».
Se rogaba al presidente la lectura de un folio lleno de gracia y originalidad en el que entre otras cosas decías con referencia a mí: «De él podría decirse que es un científico de las Letras y un literato de las Ciencias en su frente más avanzado o sea, un hombre de Cultura». Un recuerdo imborrable para mí y que conservo con gran cariño y afecto. Será con toda seguridad uno de sus últimos escritos. Antonio permanece en el recuerdo pero León es de clima frío y este año nos lo ha recordado con tozudez. León es frío también en el recuerdo y quizá nos olvidamos de personas teóricamente inolvidables para los leoneses. Sirvan de ejemplo los nombres de Florentino Díez González, Emilio Hurtado Llamas, Antonio Amilivia Zubillaga, Santos Ovejero del Agua y tantos otros olvidados total o parcialmente.
Antonio fue un leonés muy inteligente y oportuno, su leonesismo era innato y permanente pero sin exteriorizarlo. La Fundación que lleva su nombre y que se halla en plena gestión, nos ayudará a no olvidar su nombre, como en el caso de Cremer o Vela Zanetti. Magnífica idea la de crear esta Fundación que Antonio no pudo concluir y que continúa Úrsula con todo el cariño y entusiasmo.
El recuerdo más lejano que tengo de Antonio está allá por los años finales de la década de los 40 y principios de los 50 del pasado siglo XX. Tenía por entonces el inolvidable Antonio González de Lama un círculo íntimo de amigos y discípulos que paseaban abiertamente por la Calle Ancha y Ordoño II y en el que figuraban habitualmente Crémer, Nora, Castro Ovejero, Rabanal y más tardíamente Pereira y Gamoneda. Según mi recuerdo Antonio era el más atildado del grupo. En aquel grupo y bajo el magisterio de Antonio González de Lama, de quien se ha dicho que «prefería enseñar que ser», se destilaron las ideas que dieron a luz la revista Espadaña , esa joya literaria de los años 50 del siglo XX, algo excepcional en su tiempo como revista de poesía y crítica y que conservo como uno de los tesoros de mi Biblioteca.
La pléyade de colaboradores de Espadaña alcanza el grado de excelencia y a dicho elenco se incorporaron tardíamente, Gamoneda y Pereira.
Quiso el destino que Antonio y yo tuviésemos numerosos amigos comunes lo que acerca insensiblemente a las personas de diferente origen y situación.
Mucho encuentros, sin embargo, fueron puramente casuales, la vecindad en Madrid, la atención médica por los mismo profesionales en Madrid y León, la coincidencia en diversas celebraciones y actos leonesistas con un papel activo y me viene a la memoria el acto organizado por la Casa de León en Madrid con fecha de 17 de enero de 1999 en honor a Antonio González de Lama. Con la intervención también de Eugenio de Nora y el presidente de la Casa de León, Antonio García Álvarez. Precioso acto leonesista de tan grato recuerdo.
Casual fue también que estando destinado como Profesor en la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Zaragoza, leyendo el Heraldo de Aragón en el otoño de 1973, leo que el escritor leonés Antonio Pereira presenta un libro titulado La costa de los fuegos tardíos , editado por Plaza y Janes, en la Gran Galería Zaragozana, hoy Corte Inglés. Antonio se llevó una alegría al verme por mi calidad de leonés y me dedico el libro con la siguiente frase: «A Guillermo Suárez vinculado a una de las glorias leonesas, nuestra Facultad de Veterinaria, con un cordial abrazo de Antonio».
Antonio fue un leonés ejemplar y leonesista hasta la médula. Quien le conoció sabe que es cierto, leonesista ejerciente en todo momento y lugar, sin presumir de ello. Recuerdo, mediados los años 80 del pasado siglo, encontrándonos en la Casa de León en Madrid, recibí la notificación de mi nombramiento de Académico de Honor Extranjero de la Real Academia Nacional de Medicina de Bélgica y él fue el primero entre los presentes en felicitarme con la finura y alegría propias de su carácter.
Años después tuve la ocasión de visitarle en su casa de Madrid para comunicarle, en primer lugar, la concesión del Premio de Castilla y León de las Letras y vivir con él su gran alegría y satisfacción.
Pese al afecto y simpatía que despertó en mi Antonio Pereira no podría decir que fuésemos amigos íntimos, amigos del alma, sino que éramos simples amigos, amigos de verdad con gran respeto mutuo y, al menos por mi parte, admiración y adhesión a su obra. Pienso que la intimidad profunda arranca de la niñez y Antonio y yo nos conocimos ya de mayorcitos.
Amigos sinceros, sin exageraciones, origen de un grato recuerdo sin mácula alguna. Así recordaré siempre a mi amigo Antonio. Y estoy seguro que lo harán todos los leoneses que conocían su gran inteligencia, su inigualable gracejo y su saber estar en guardia permanente. Que así sea.