El poeta que busco
Mar de fondo | carmen tapia
A veces, la pasión por dar excelencia a un homenaje, reduce a cenizas la intención. A Miguel Hernández lo han calificado como poeta del pueblo y el pueblo se acerca ahora, en el centenario de su nacimiento, a conocer su obra y su persona, ocultas por el franquismo. Es una gran responsabilidad la de los organizadores de las actividades programadas para esta efemérides y los eruditos de su figura tienen en su mano la capacidad de enganchar o aburrir con la decepción a quien se aproxima a conocer algo más al poeta alicantino. Sé que mi lugar está como lectora y sentidora de emociones con la lectura de poemas tan sugerentes como «abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra», «aceituneros altivos», «canción del esposo soldado», «el niño yuntero», «boca que arrastra mi boca» o «tristes guerras». Ése es el Miguel Hernández al que acudo a menudo y que se me escapa en algunos actos organizados. Hay que desenterrar definitivamente al poeta, en un día como hoy en el que otros cadáveres se mueven de esperanza, la renovada por una decisión que hará que descansen por fin en paz, al igual que sus familias. Sé cual es mi lugar y no me atrevo a enmendar la plana a nadie, pero quiero hallar en los homenajes al Miguel Hernández del pueblo, el que está al alcance de la ciudadanía, incluida la que no ha estudiado, la que no tiene tantos conocimientos como los expertoss encargados de divulgar la obra del poeta, la que se emociona con la lectura de sus poemas y no sabe explicar por qué y no entiende de evolución métrica ni de versos alejandrinos, pero conocen el dolor, el amor y la pasión. Y el abandono. Como el que padeció el poeta incluso de su gran benefactor, el obispo Almarcha, que tanta vinculación tiene con León. Hay que desenterrar a Miguel Hernández con discursos claros y sin escorzos que lo conviertan en yuntero: «Nace, como la herramienta, a los golpes destinado, de una tierra descontenta y un insatisfecho arado».