En el punto de mira
De siete en siete | rafael monje
No hace ni tres semanas que, compartiendo mesa y mantel, con el prestigioso sociólogo francés Sami Naïr nos llevábamos las manos a la cabeza ante sus severas advertencias: España está en el punto de mira de los mercados financieros internacionales, que prefieren el dólar y el yuan chino frente al euro; atacarán a España como paso previo para desastibilizar a Alemania y Francia. Y, como digo, ni tres semanas de eso, y ya ven la que se ha armado. La voracidad financiera y la incomprensible inacción del Gobierno en estos dos años de crisis han propiciado lo que otro sociólogo, Nicolas Taleb, denuncia como la socialización de las pérdidas y la capitalización de los beneficios. Y así parece ser, porque la reducción drástica del gasto público anunciado por Rodríguez Zapatero va a recaer principalmente sobre pensionistas y funcionarios. La presión internacional ha terminado por despertar al presidente del Ejecutivo español de su estado onírico y devolverle a una cruda realidad que, por otro lado, ya sufren en sus carnes más de 4.600.000 ciudadanos sin empleo, los verdaderos paganos de la crisis. Nadie ha estado a la altura de las circunstancias, ni Ángela Merkel, ni Sarkozy, ni mucho menos Zapatero dispensando recursos de forma irracional. Pero tampoco el gobernandor del Banco de España, que ha mantenido posturas timoratas en una reordenación del sistema financiero que debía estar mucho más avanzado.
Pero la severa cartilla de racionamiento recetada por Zapatero tampoco servirá si no se aprueban otras medidas complementarias que hagan sostenible la obligada reducción del déficit público. Sin reformas estructurales de hondo calado y con una tasa de desempleo del 20 por ciento será muy difícil recuperar la senda del crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo. Tengo, por el contrario, la impresión de que vamos a estar en recesión durante varios años más y, por ello, cuanto antes fortalezcamos la paupérrima cesta común, mejor nos irá a todos. Tenemos, por otro lado, que asumir que las administraciones públicas no van a disponer de los mismos ingresos que hace tres o cuatro años, que nuestros factores de competitividad están seriamente amenazados y que el Estado de las autonomías requiere de una profunda revisión para que no haya diecisiete legislaciones diferentes sobre la misma materia. Hasta que la manzana no cae del árbol no sabemos realmente lo podrida que está, pero mal haríamos en esperar a que, como advierte Sami Naïr, los mercados financieros internacionales acaben contagiando al tronco, mientras desde aquí nos distraemos en las ramas.