¿Educación?
Historias del reino margarita torres
La noche del jueves al viernes, en pleno centro de la ciudad, un grupo de organismos unineuronales se dedicó a gastar su tiempo pintándole las uñas y los labios a la escultura de Amancio. Me refiero a La Vieja Negrilla . Qué machotes, oye. En la plaza de Santo Domingo. Con dos-¦ leones. De ahí, a quemar un mendigo, sacudirle a un viejo, pegarle una guantada a un emigrante o mearse en las leyes del país, un paso. Tambaleante, sí, pero paso que arrastra otros pasos en su camino.
A los españoles nos gustan los modales versallescos en cuestiones tan reales como la Educación con mayúsculas, quedarnos parados ante las formas antes que entrar a saco en el fondo. Vamos, jugar a la tolerancia mal entendida, que se pavonea en la serie Física o Química o en los debates protagonizados por toda una cuadrilla de analfabetos idiotas que quieren mostrarnos como normal lo anormal y hacernos comulgar con ruedas de éxtasis. No, no es lo que los profesores se acuesten con alumnos, que se acose a un chico, que una niña tenga sus primeras relaciones sexuales a los once o doce años, que se acorte la niñez y la juventud en aras de acelerar un proceso madurativo que tiene sus tiempos. No es normal, aunque permita a ciertas cadenas una elevada cota de share televisivo.
Afirman algunos que el problema comienza en la familia, cierto, pero el sistema no puede eludir su culpa. Según un reciente informe de Fete-UGT, realizado a nivel nacional, el 37,4% de los docentes padece niveles de estrés altos o muy altos por el temor a sufrir agresiones físicas de los alumnos, por la falta de respaldo de los progenitores del animal y de la administración pública. Pero no se agota aquí el tema: casi la mitad de los profesores denuncia haber presenciado peleas entre los alumnos. Faltas de respeto verbales sufren uno de cada dos a diario o con frecuencia. Un 32% declara haber sido amenazado o intimidado por los rapaces, que no tienen ni media torta aunque, si se la das, acabas en el trullo y la bestezuela transformada en matón heroico. Uno de cada cuatro maestros ha recibido insultos de las familias. La proporción de docentes amenazados es mayor: el 32,4% declara haber sido intimidado alguna vez y un 5,7 una vez al mes como mínimo. No todo está perdido. La calidad docente de algunas provincias, muy elevada en la nuestra, evidencia que el problema no radica en los profesores, ni en el método, ni en la mayoría de los progenitores, ni siquiera el común de los muchachos. El escollo nace de la ausencia de autoridad pública reconocida al docente, de la falta de apoyo institucional, de la ñoña interpretación del todo vale. Una supuesta libertad, en fin, que trae consigo suicidios como el de Jokin, agresiones sexuales a niñas por compañeros, palizas a profesores y, en última instancia, un chute de todo vale a quien todavía podríamos reconducir.
Se necesita un pacto por la educación, sí, pero en el que la opinión que se escuche sea la de los profesores y los padres, las necesidades reales de un país. En pocas palabras: las de una sociedad que, como La Vieja Negrilla , ya ha visto de todo. Resta que nos pinten las uñas.