Diario de León
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En blanco | javier tomé

Los ciudadanos graves, sensatos y tradicionales, como es mi caso, no cabemos en sí de gozo ante semejante panorama: España en bancarrota y Garzón en la picota. Lo de las perras se veía venir, pues Zapatero debe saber de economía lo que una persona corriente conoce a propósito de la física cuántica. Y nosotros, las gentes de orden, llevamos como emblema el sentido de la austeridad. No hay más que ver el caso de Madrid, donde Esperancita y su colega Gallardón tienen empeñada hasta a la Cibeles, o el bien trajeado Camps en Valencia. Pero, en fin, a cada cual lo suyo y Dios con todos, pues hoy toca hablar del juez Garzón, ese justiciero universal al que sus numerosos partidarios equiparan a un Quijote sin Sancho. Otros, sin embargo, le consideran más bien un extraordinario relaciones públicas de sí mismo, aparte de un hombrecillo dotado de un ego tan desmesurado que ha echado a perder su carrera debido al baño de protagonismo.

Así a primera vista, parece cosa de locos que un juez estrella se vea en la calle por sacar a la luz un hecho de tan estricta justicia como poner un punto de cordura en el tema de las masacres franquistas, asunto cerrado a carreras y de mala manera en los primeros tiempos de la Transición. Y así lo valoran, sin excepciones, los periódicos más importantes del mundo, desde París y Londres hasta Nueva York, convencidos de que en España estamos levantados en armas contra la razón. Pero las cosas son como son, y esta guerra sin disparos que ha dividido el país igual que un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona, la han ganado los de la acera de enfrente. A mí me parece uno de esos casos en que el Estado y unos cuantos palmeros interesados elevan a un hombre y luego lo dejan caer al abismo, como si nada. La cosa es que hemos padecido una garzonitis aguda, enfermedad para la que no existen jarabes y ni siquiera vitaminas.

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