Diario de León
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Tribuna | Joaquín Alegre

La ética es un concepto con una preocupante falta de nitidez. Ya Aristóteles advertía a Nicómaco sobre la dicotomía entre las conductas regidas por las virtudes morales -”las que se pasean-”, frente a las regidas por las virtudes intelectuales -”las que se conquistan-”. Por no mentar a Kant, que lo dejó casi resuelto en una frase (qué tío): «obra de tal modo que la norma de tu acción pueda tener validez universal».

¿A qué viene impostar tanto la voz? Veamos.

El octubre pasado y por primera vez tras 45 ediciones, un español ganaba el prestigioso Wildlife Photographer of the Year . Algunos medios de comunicación se hicieron eco de la noticia. En enero de este año , tras una intensa y exten sa actividad de algunos compatriotas, la organización del concurso decidía retirarle el premio: «the Natural History Museum and BBC Worldwide have disqualified the winning entry of the photographer José Luis Rodríguez». Ahora el asunto interesó bastante más.

La argumentación de los responsables del certamen no ha hecho otra cosa que elevar la sospecha a rango de prueba, tirar de criterios de autoridad y restringir sus propias «rules» hasta donde les ha convenido.

Resulta desconcertante que tanta «sospecha» no emergiera mientras los super-expertos dilucidaban qué instantánea coronar. Me temo que al jurado la algarada fenicia le pilló con el paso cambiado y las maletas guardadas; y dejó hacer. Estas cosas es preferible resolverlas con gente de la casa, bregada en los sobreentendidos.

En cualquier caso: «los jueces» entendieron que «Mr. Rodríguez» había retratado a un animal adiestrado, contraviniendo las reglas del concurso, por lo cual procedieron a su descalificación. Asunto concluido.

Pues parece que no. Por lo que se ve, hay fotógrafos decididos a llevar también la doble moral a cotas artísticas; y, tras una desenfrenada campaña de insultos en la red, ahora han lanzado un manifiesto -en nombre de la ética- que Borges reciclaría entusiasmado para su Historia universal de la infamia .

Acaso necesitemos un poco de contextualización.

Creo que fue en una monografía de Joel Sartore, pero no estoy seguro; sí recuerdo el aleccionador colofón: dos guardias forestales -armados- protegían a una treintena de fotógrafos parapetados a unos pocos metros de dos grizzlies que pescaban en un arroyo. Sin duda, aquella escena robaba parte de la magia de las deslumbrantes fotos de osos que la antecedían; pero, en compensación, poseía la enorme virtud de sincerarse con el lector. Ya no estábamos ante el trabajo de un superhéroe, se había convertido en algo quizá más interesante: la tarea de un virtuoso. Hay alguna escena más de ese tipo: Hannu Hautala con un carbonero bebiendo de su taza, Lanting a treinta centímetros de un albatros, mi admirado Varesvuo con un págalo posado en la mano... Bastan para que el concepto de «animal models» sea más esquivo de lo que los redactores de bases y firmantes de manifiestos en general desearían.

La enorme difusión de la fotografía ha hecho prósperos antiguos negocios -”zoos, centros de recuperación, minirreservas, etcétera-” y ha generado algunos nuevos -adiestradores y rastreadores profesionales, gestores de permisos, fincas privadas con hides y puntos de atracción de fauna, etcétera-”. Una parte nada desdeñable de las fotos que vemos publicadas, se realizan con dichas colaboraciones. El concepto «wild animals» nos queda también bastante desenfocado: ¿es más salvaje el venado sob realimentado de un coto o el gato cimarrón del extrarradio urbano? El catalogo de trucos para conseguir imágenes impactantes, capturar el momento irrepetible, sólo encuentra límites en la imaginación del fotógrafo; pero no todos los métodos son inocuos. Las presas vivas permiten las dinámicas tomas de las rapaces, las feromonas pulverizadas atraen a los huidizos carnívoros hasta las cámaras trampa, las grabaciones producen resultados óptimos con los pájaros, los tritones, previa captura, se fotografían en acuarios refrigerados, y un largo etcétera. (Olvido intencionadamente técnicas casi delictivas, pero de espectaculares resultados...). Otro concepto que queda hecho unos zorros: «using cruel or unethical practices».

Creo que ha llegado el momento de decir que estas fotografías se pasean por internet, las revistas, los libros y, por supuesto, los concursos, sin que produzcan algo más que un ligero cuchicheo. Sólo puntualmente, bajo el fuego cruzado de intereses, la tramoya del oficio sale a la luz pública y prepara la escandalera.

Acatemos, con las reservas que se quieran, la decisión del jurado tras las sospechas subsecuentes al premio. Pero lo que no puede admitir quien tenga un mínimo de sensatez, es la orgía de cinismo que rodea el caso, y menos aún la bochornosa coda en forma de manifiesto, donde la ética o sale desenfocada, o movida, a elegir.

A esta historia y a buena parte de sus protagonistas les viene como un guante la finísima ironía de Groucho Marx: «Estos son mis principios; per o si no le gustan, tengo otros».

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