El nuevo antisemitismo
Con viento fresco josé a. balboa de paz
El antisemitismo histórico español tuvo un carácter más religioso que étnico. Así lo reconoce Baruch Spinoza, filósofo holandés de origen sefardita, en su Tratado teológico-político de 1670: «cuando hace tiempo, el rey de España forzó a los judíos a admitir la religión del reino o irse al exilio, muchísimos judíos aceptaron la religión de los adictos a los pontífices (romanos). Y, como aquellos que admitieron su religión, les fueron concedidos todos los privilegios de los españoles de origen, se mezclaron rápidamente con los españoles, de forma que poco después no quedada de ellos ni recuerdo». Muchos conversos ocuparon puestos importantes en la dirección del Estado y de la Iglesia e incluso algunos, como Teresa de Jesús, alcanzaron los altares. La expulsión de los judíos y los procesos de homogeneización religiosa fueron una preocupación común en la creación del Estado moderno. Las ideas de tolerancia, que defenderían más tarde Locke y Voltaire, solo se lograron tras duras guerras de religión, por lo que nada justifica ahora el rasgarse las vestiduras por la expulsión.
Por el contrario, en otros países el antisemitismo hundía sus raíces en un desprecio étnico por los judíos, aunque éste se justificase históricamente por motivos religiosos. Spinoza termina su anterior reflexión con estas palabras: «Todo lo contrario sucedió a aquellos a quienes el rey de Portugal forzó a admitir la religión de su Estado; ya que, aunque se convirtieron a su religión, vivieron siempre separados de todos, porque el rey los declaró indignos de todo cargo honorífico». No hay que olvidar que fue en este país en donde se conoció a los conversos judíos con el término despectivo de Marranos. Este antisemitismo étnico andando los siglos conduciría al Holocausto nazi, es decir al genocidio de millones de judíos durante la Guerra Mundial. Pero tal genocidio no surgió de la noche a la mañana sino que vino tras mucho tiempo de antisemitismo larvado, de progroms en Rusia, injusticias en Francia (affaire Deyffrus), teorías racistas inglesas (Chamberlain) y racismo político en Alemania.
Hoy el antisemitismo se viste de razones políticas y toma como excusa la creación del Estado de Israel. No es el nacionalsocialismo, sino la mala conciencia de la izquierda europea la abanderada del mismo. Es verdad que, por ahora, no se habla de antisemitismo étnico sino de antisionismo político, negándose a reconocer dicho Estado o achacando a los judíos todos los males de los palestinos. Se olvida que fueron los europeos quienes propiciaron el asentamiento judío en Palestina (declaración Balfour), que Rusia fue su valedor, que fueron Inglaterra y Francia sus apoyos en la guerra de los Seis Días. Israel es una realidad indiscutible, incluso para la mayoría de los palestinos y para la propia Autoridad Palestina; solo Hamás, con el apoyo de Irán, se niega a reconocer el Estado de Israel, no dejándole más opción que la militarización en un contexto hostil. Israel, no me cabe duda, debe reconocer y permitir la creación de un Estado palestino viable y acatar las resoluciones de la ONU. Se puede y se debe criticar a Israel, pero-¦
Del antisionismo político se pasa pronto al antisemitismo étnico, como hemos visto estos días. La acción discutible de Israel, justificada por el terrorismo de Hamás, de impedir el acceso a la franja de Gaza de una flotilla de barcos con ayuda humanitaria, se toma como excusa para agredir a dos científicos israelíes en la universidad Autónoma de Madrid por estudiantes alentados por ciertos partidos políticos. Aún es más grave, por su simbolismo, el que los organizadores del la Marcha Gay, prevista para primeros de julio en Madrid, hayan excluido del desfile a la organización israelí «Agudá», porque, al parecer, sus miembros gays no condenaron el asalto a la flotilla de la paz. Esta intolerancia, si no se ataja, será presagio de males mayores. Como en la depresión de las años treinta, los judíos pueden ser nuevamente el mejor chivo expiatorio de extremistas de toda laya.