Cultura taurina
En blanco | javier tomé
Haciendo determinación de la insensatez, la España cejijunta de los tópicos y los clichés -entre los que sobresalen la bota, el escapulario y el bocata de chorizo- se ha levantado en armas para defender los valores tradicionales y supuestamente culturales de las corridas de toros, hermoso espectáculo que nos ha procurado en el mundo una sólida reputación de chacineros insensibles. Y todo a cuento del soplo de sensatez que invade Cataluña, donde semejante alarde de barbarismo está a punto de pasar a la historia, tal como sucede en Canarias desde hace diez años y sin que nadie haya dicho ni «mú». Por pura decencia ética y hasta atendiendo a criterios económicos, ya es hora de poner fin a la atmósfera de matadero y a esa filosofía de la sangre y la tortura que tanto divierte a algunos de nuestros compatriotas. Un tema que huele demasiado a alcanfor, pero aprovechado por los políticos de turno para envolverse en la bandera patria y darse de astas, nunca mejor dicho, con todos los que abominamos de la España negra y morcillera.
Así que con Esperanza Aguirre como perejil de todas las salsas, diversas comunidades gobernadas por el PP han declarado Bien de Interés Cultural a las corridas de toros. Algo tan surrealista que no merece mayor comentario. Porque, para empezar, los toros y los toreros suelen tener diferentes puntos de vista cuando son las cinco de la tarde y toca lidia. Lo único cierto, más allá de engatusadoras teorías sobre fuente de emoción estética y fiesta transmisora de conocimientos, es que sólo al hombre le divierte la tortura y la muerte vil de otros animales. Mi amigo Bruno, que el pobre vive justo enfrente del coso leonés, ya se ha comprado unos tapones para inhibirse de los aullidos a lo Coliseo romano y otros bestialismos que envuelven la carnicería pública convocada esta semana en León, con motivo de la Sanjuanada. Qué cutre.