Balance de la presidencia española
Panorama | antonio papell
La cuarta presidencia española de la Unión Europea, de la que ayer hizo balance en el Congreso el presidente del Gobierno, ha quedado desfigurada por las circunstancias excepcionales de índole económica que han vivido la UE en general y España en particular. Además, ha habido que improvisar la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que crea una presidencia estable del Consejo Europeo y un alto representante pata política exterior. El balance realizado por Zapatero ha sido objetivo: ha calificado de «satisfactoria» la actuación de España durante un semestre en el que, ha dicho, el Gobierno «se ha sentido útil», ha tenido que lidiar con circunstancias especialmente difíciles y ha disfrutado de la oportunidad de ostentar un papel activo en una etapa «decisiva». Además, a su juicio, se han cumplido los dos principales objetivos marcados al inicio de la presidencia: lograr la total aplicación del Tratado de Lisboa con pleno apoyo a las nuevas instituciones y avanzar en la coordinación económica de los Estados miembros para hacer frente a la crisis y avanzar hacia la recuperación. Ha lamentado también que no pudieran celebrarse, por razones no imputables a España, la cumbre EEUU-UE y la de la Unión del Mediterráneo.
No tiene demasiado sentido ponderar la presidencia rotatoria de la UE en términos competitivos y de protagonismo nacional. Y nuestro país ha sabido acompañar una toma de decisiones de alto nivel que, inspiradas por el núcleo duro de la UE y capitaneadas por Alemania, han servido para orientar, parece que muy positivamente, la salida de la crisis, tras realizar el salvamento de Grecia y forzar una serie de ajustes radicales en los países más desequilibrados por la recesión, España entre ellos. De ese semestre, la historia dirá que la UE, acuciada por la necesidad, ha entendido lo que la mayoría de expertos decía a voz en grito: que el euro era una divisa inconsistente si la política monetaria común no tenía el envés de una gobernanza económica común. Ha sido necesaria una colosal recesión para que la Eurozona entendiera la necesidad de una política fiscal coordinada y de una protección mayor del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que Alemania y Francia -por cierto- se saltaron a la torera cuando les convino en época de vacas gordas. España, que estuvo cerca de la catástrofe, ha conseguido recomponer la figura por el procedimiento de acatar con energía las grandes directrices y gracias a la fortaleza de su sistema financiero, después de resistir los embates especulativos de los mercados. Ha sido evidentemente un éxito español la decisión de publicar las pruebas de esfuerzo realizadas por la Comisión sobre las veinticinco grandes instituciones de crédito europeas; de hecho, la noticia de que Santander y BBVA encabezan el ranking ha sido el dato decisivo que ha hecho cesar las incertidumbres que España suscitaba en los mercados.
Salimos, en fin, del semestre español con una sensación agridulce: de un lado, parece que la UE ha sido capaz de superar los peores presagios gracias a la decisión de coordinar esfuerzos; de otro lado, es evidente que nos aguardan todavía penalidades y sacrificios importantes para recuperar completamente el ritmo de crucero anterior a la crisis. Mientras nos recuperamos del shock recién vivido, nuestra obligación es modernizar las viejas estructuras de nuestros vetustos países mediante reformas profundas que nos proporcionen mayores tasas de productividad.