La fuerza de los símbolos
De siete en siete | rafael monje
Necesitamos, como el aire que respiramos, aferrarnos a determinados símbolos sin los que nuestra existencia parece carecer de todo sentido. Lo estamos viendo estos días con el Mundial de Sudáfrica en el que, por suerte, la Selección de Del Bosque ha propiciado que numerosos balcones y ventanas luzcan la enseña nacional, tan olvidada en esta España de las autonomías y tan denostada por quienes incomprensiblemente ven hoy en la bandera un signo del pasado más oscuro de nuestra nación. Ahora, gracias al deporte en general y al fútbol en particular, se ha convertido en un motivo de orgullo, en una especie de renovado proceso de democratización que eclipsa las diferencias ideológicas para unir a un país en torno a un equipo de fútbol, es decir, en torno a un símbolo que, además, provoca pasiones y anula la soledad. Es como si de repente nos diéramos cuenta de que formamos parte de un mismo país y que su futuro depende precisamente de nuestra fuerza común, no de la habitual pugna entre diecisiete comunidades y de éstas con el Estado y viceversa.
Resulta por ello reconfortante comprobar cómo en muchos barrios ideológicamente escorados a la izquierda relucen las banderas de España, y lo mismo sucede en los que tradicionalmente la derecha ha obtenido sus mayores apoyos electorales. Al fin tenemos algo que nos une y que nos permite eliminar diferencias sociales y culturales. Confieso que el campeonato de fútbol me apasiona, pero me entusiasma aún más comprobar cómo nos despojamos de estúpidos complejos y, por el contrario, exteriorizamos nuestros sentimientos sin temor al qué dirán y sin miedo al encasillamiento, siempre desconcertante y perverso.
Era Jordi Pujol quien advertía que los catalanes tienen más sentido de pertenencia a su tierra que otras regiones por sus símbolos y que éstos no eran otros que una lengua propia, la virgen de Monserrat, el Barça y La Caixa. Aquí, sin duda, lo tenemos más difícil y creo que me entienden de sobra.
Pero ojalá ese sentimiento se mantenga vivo más allá del periodo de competición (a la hora de hacer este artículo aún no sabemos el resultado de España-Portugal) y sea una muestra fehaciente de nuestra leal creencia en una nación más fuerte y unida frente a las adversidades. Ojalá que nuestros símbolos le quiten pronto la razón al -˜honorable-™ y nuestra vital querencia a la tierra ondee libremente como se mecen las banderas de España en las fachadas de innumerables edificios. Eso también sería todo un símbolo de madurez democrática, o sea, todo un símbolo de convicción y confianza en nosotros mismos.