Fin de presidencia
Nubes y claros | maría j. muñiz
Hoy acaba la presidencia española de la UE», le comento a un amigo. «Fenómeno. Pues aquí murió el tío los nabos», me espeta, dejando mis intenciones de análisis político-económico a la altura de la conversación sobre el tiempo. ¿Qué nos queda de estos seis meses de protagonismo planetario, al frente de la UE toda? En esencia, lo mismo que teníamos en enero cuando sólo éramos socio de número, lo mismo que tenemos hoy, san 1 de julio para los que inician su kit-kat veraniego, san ya queda menos para los que vamos más rezagados. Nos queda la crisis; el parece que ya sacamos cabeza; el juntos podemos;...
Se han tomado muchas decisiones. ¿Y? A los que ya tenemos memoria histórica nos cuesta entender el anonimato con el que España ha pasado en su propia casa por la presidencia de la Unión Europea. No nos había tocado lidiar otra en circunstancias tan adversas, pero nunca los asuntos comunes habían tenido tan poco que decir.
Quizá la UE quiera plantarse en los foros internacionales como una gran potencia con voz común. Pero contemplada desde el desolador panorama que nos acompaña, se asemeja mucho a la última boda real.
Los países europeos desfilan por una alfombra común (azul y estrellada de amarillo, muy mona) luciendo galas y diademas de linajes regios en cabecitas más o menos alocadas. Desfilan reinonas imponentes con sus atildados encajes, como lo hacen los países de peso en esta Europa común, con el cetro de su poderío señalando sus ajustes públicos como engrases de sus consolidadas maquinarias, de rango muy distinto a los déficits públicos de estos mediterráneos y pigs advenedizos. Desfilan las consortes con bandas de dinastías centenarias como los países nuevos ricos, que crecieron a lo grande y sufren ahora ajustes con el complejo del recién llegado. Y pisan la alfombra con moderada ostentación quienes fueron y no son, quienes nunca han sido pero están, quienes están, pero ya no son. Es la Europa de lustre, que siempre tiene algo de rancia.