Diario de León
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El aullido | luis artigue

Existe una interconexión entre el vino -”sangre de toro lo llamaba el poeta zamorano Claudio Rodríguez-” y el arte de contar historias que vine desde anti guo, que se muestra inagotable, y que tiene en esos bares de León atestados de borrachos valiosos una expresión excelsa. Por eso la celebración que tendrá lugar el próximo viernes de unas jornadas que llevan por título «Literatura, cine y vino» no sólo prometen iluminar el Auditorio de León con un maratón de cortos de cine, una mesa redonda en la que departirán el bodeguero y el enólogo que regentan Viña Albares -”¿el mejor vino del Bierzo?-”, y un ramillete de historias de escritores leoneses -”Pedro Trapiello Adolfo Alonso Ares y compañía-”, sino que también y sobretodo se muestra como una reivindicación de León como ciudad del buen beber, del bien vivir-¦ Y es que saber vivir, como saber beber, tiene mucho que ver con saber contar la vida a tu manera.

«Conviene no jurar el vino el vano», dejó escrito el inolvidable Antonio Pereira, que sobre historias etílicas sabía mucho más que mucho. Y seguro que ese maestro -”si Antonio Pereira volviera yo sería su escudero que buen caballero era-” estaría de acuerdo con que una tierra pródiga en caldos de todo tipo -”desde Valdevimbre a Gordaliza, desde los Oteros al Bierzo etcétera-” es una tierra fértil para la literatura, desde luego, y quizás también para ese hermanastro fascinantemente bastardo de la literatura que es el cine. En efecto tanto la literatura como el cine y el vino nos han proporcionado largas sesiones de sensaciones impagables, pero no sólo eso tienen en común: la literatura, el cine y el vino, cada cual a su modo, producen eso que brillantemente llamó Claudio Rodríguez «el don de la ebriedad».

Tendremos que agradecerle al tiempo que no nos deje beber lo ya bebido, pero queda siempre lo compartido cuando se sabe que beber es un arte que lleva aparejado el divino don de la risa. O, por decirlo con palabras de otro borracho épico, Ernest Hemingway: «hay quien se empeña en beber para olvidar pero las penas flotan»-¦ ¡Sí, señor!

Mi infancia y adolescencia -”ya lo he contado aquí-” transcurrieron en un bar de pueblo, y de entonces me queda la certeza de que el creador tiene siempre algo de camarero, de aquel que asiste a los clientes en la celebración y en la lamentación hasta hacerlas casi inseparables. Tanto es así que Scott Fitzgerald decía que el mejor entrenador de diálogos y el mejor psicoanalista es un camarero con buena oreja y, como bien saben, de eso en León, tenemos a patadas-¦ Parafraseando a Sabina, «sólo en el Barrio Húmedo hay más bares que en toda Noruega». Ah, las historias que inventa el vino. Las historias que alienta el vino. La riqueza creativa que hay en quien hace vino y quien lo bebe así, como quien sueña, como quien besa: con mesurado talento gozador.

Hay en León una tradición que surge de las bodegas, de gentes que se reúnen alrededor de una botella de vino y juegan verbalmente, como decía mi abuela Margarita, «a sacar el genio de la botella». Una tradición rica en ingenio que alumbra con su elocuencia e insufla vitalismo-¦ Lo escribió Borges en su Soneto al vino: «¿En qué secreto día que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa y singular idea de inventar la alegría?

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