Justicia y esclavitud
El baile del ahorcado cristina fanjul
Justicia... no sé si hay alguien que siga creyendo que es un categórico social, colectivo. Si es así, perdón, pero debería pensar en volver al jardín de infancia. Porque la justicia debe interpretarse siempre unida de manera int rínseca a reglas de conducta individual. Esto, que parece tan claro, no lo es cuando lo extendemos al terreno de la práctica. Veamos. Son mayoría los que creen que el comportamiento de los individuos tiene el efecto de que las buenas cosas de la vida son distribuidas de una manera determinada. Y claro, ese pensamiento lleva al siguiente, a saber, siempre hay alguien responsable. Incluso los ateos maldicen a Dios cuando creen que no reciben lo que merecen, o que la mala suerte se ceba con ellos, o que tienen una mala mano, o... ¿Por qué yo? o ¿por qué no yo? son dos de nuestras frases favoritas. Y, sin embargo, sabemos que ese pensamiento no es racional, que la justicia o la injusticia no son términos con los que medir, sopesar o interpretar la realidad. Sólo nuestra actitud personal puede practicar el imperativo categórico. Lo demás, no es más una trampa con la que nuestra mente racional trata de dar coherencia al caos en el que nos movemos. Pues bien, si eso es así respecto a Dios, es así -”también y sobre todo-” cuando este razonamiento lo hacemos al hablar de la concepción de una sociedad, de un país, de un sistema económico o político determinado. Ningún gobierno debería medir su acción política en función de lo que la gente «merece», porque todos nos creemos merecedores de todo. El mundo no es como es, es como somos y cada persona piensa en sí misma como en el sol del sistema. La idea de que las cosas deben ser diseñadas de forma «justa» significa abandonar el mercado y virar hacia una economía planificada en la que alguien decida cuánto debe tener cada uno. El precio, siempre la esclavitud, convertirnos en rehenes de nuestra trampa mental, como en Madrid esta semana.