Globalizantes globalizados
Tribuna | ilia galán
peRiodista
Cuando decidió huir de la ciudad y jubilarse, el anciano profesor de la Universidad de Nueva York no pensó que iba a ser perseguido por las infecciosas construcciones de las grandes metrópolis. Había dejado atrás el agobio de las mil razas y lenguas que se agolpan en nueve calles, creciendo unos sobre otros hacia arriba o hacia abajo, sótanos y rascacielos, prisas, humos, problemas, y fascinante locura general. La decisión estaba tomada: volvía a casa, a la tierra de sus progenitores, Hillsborough, un pequeño pueblo perdido en el centro de Nueva Inglaterra. Ese lugar de retiro era la paz. Ya no había que salir corriendo de la monstruosa urbe cada fin de semana, ni esperar grandes colas de entrada en embotellamientos que le hacían soportar horas dentro del automóvil, tragando el humo de automóvil que no quería fumar de sus amigos.
En todas las capitales del mundo se produce el mismo fenómeno. Volvió a su casa de madera, en el bosque, tal y como la empezaron a habitar los primeros colonos, rodeada por frondosos y altos árboles, con vistas a un precioso valle. Volvería a escuchar las aves que lo despiertan, las flores serían, con el rumor del aire, el sustituto de la contaminación y las sirenas de ambulancias y bomberos. Ahí parecía que no habían cambiado las cosas desde el siglo XVIII, conservaban tal y como era una linda escuela de 1818. Recibió en su casa al pequeño grupo internacional de investigadores y juntos desayunaron viendo los brillos del sol entre los pinos, con el agua del estanque que habían construido los castores, les explicó el origen de aquella población, sus religiones y mentalidad, su comportamiento, y les llevó a ver el cambio producido con la industrialización, cuando varias familias llegaron junto al río para levantar un par de edificios de pisos, de madera, como allí es habitual, a fin de establecer una fábrica textil. Los estudiosos, desde el nepalí a la boliviana, desde la china a la ucraniana, iban siguiendo sus pasos y explicaciones tomando notas, notando la diferencia según las distintas épocas y cómo iba cambiando la sociedad.
Finalmente les llevó a un cruce de caminos donde las estrechas carreteras se habían sustituido por amplias vías y habían sembrado semáforos en vez de maíz o robles. Desperdigados, feos, señaló edificios de varias compañías internacionales, desde la fábrica alemana, que cualquier día podía desaparecer llevándosela a China y arruinando de golpe la región, a las cadenas de tiendas y restaurantes, todos feos, enormes. Aquí venían ahora las gentes del pueblo con sus automóviles para cargarlos y llegar pronto a casa sin apenas saludarse, para ver alguna serie en el televisor. No había ahí estructura social, el comercio local había muerto, lo comunitario y político del pueblo estaba siendo sustituido por el mercado, dirigidos por manos invisibles desde lejos. Tostados por el sol en grandes aparcamientos, después de las bellezas que habíamos visitado, las praderitas y las lindas casas, quedamos horrorizados.
Si los norteamericanos tienen miedo de las multinacionales, ¿quién está a salvo? Muchos creen que los EEUU dirigen el mundo, pero si ese gran país, rector del planeta, puede ser dirigido por compañías económicas multinacionales, ¿dónde están las libertades, la democracia, el bien de las personas de la última aldea? Los grandes defensores de la globalización habían sido globalizados, colonizados, y temían por ver su futuro en la manos invisibles de otros. Ahora hablamos de nuestra tierra designándola como un globo, el anciano y venerado planeta convertido en una pelota que sólo unos pocos dirigen a patadas en una dirección u otra, como hemos visto cuando Wall Street dejó caer sus quimeras, números y papeles que llaman ingeniería financiera, brujería con la que pueden devastar continentes o construir nuevos mundos, caprichosamente, siempre que ganen dinero los de siempre, esos oscuros dueños de las corporaciones, no sujetos a ley, porque ellos cambian a su placer gobiernos o les molestan y ayudan según quieren dirigirnos. Cada vez es más evidente que los ciudadanos del mundo exigen controlar al gran comercio y las grandes finanzas, para no ser sus esclavos. El momento de replantearlo ha llegado provocado por la avaricia de los bancos; en los EEUU han empezado, para que la mano transparente no sea una mano negra.