Crónicas Bercianas
La hora izquierda de Mestre
ESTO sucede ante la hora izquierda en que mi vida/ violenta juventud contra el poder de un príncipe/ llama jauría a la verdad y belleza a los puentes derrumbados./ Llama flor del frío a la tumba de los náufragos/ astrolabio muerto a la nieve de los locos». Admiro la coherencia de Juan Carlos Mestre. Discrepo de su forma de ejercerla. Comparto su lado izquierdo de la vida. A mí también me parece que la verdad es una jauría y por eso algunos tienen tanto miedo de que les muerda.
Premio Nacional de Poesía en el 2009, el autor de La tumba de Keats rechazaba hace unos meses un reconocimiento de la Casa de León en Madrid para no compartir palmarés, mesa y mantel, con un príncipe poderoso, que tiene «desmembrada, diente a diente», la tierra de Laciana con los cielos abiertos. Estoy de acuerdo con él. Fue valiente cuando lo dijo, y dijo la verdad, aunque en mi opinión lo dijera a destiempo y haciéndole un feo a la Casa de León.
Comparto sus motivos y sus recelos, yo, —y disculpen si les hablo de mí un momento— que soy hijo de picador, nieto de minero. «Hay otra manera de hacer que los recursos contribuyan al bienestar de la población, que se creen puestos de trabajo perdurables sin que la tierra sufra el acoso y la salvaje depredación a la que ha sido sometida con determinados tipos de irracionales explotaciones», decía el poeta en una entrevista que ayer publicaba este periódico después de que el Consejo Comarcal le haya nombrado Hijo Predilecto del Bierzo. «Yo no tengo que demostrar mi proximidad a los mineros, en todo caso, tienen que demostrar otros cuál es la voluntad de su vínculo en la alianza con el porvenir de nuestra tierra», añadía aludiendo a todos aquellos que se le han echado encima por criticar al empresario sin tener en cuenta a los mineros que se quedarían en la calle si cerraran los cielos abiertos. Mineros cautivos, como lo somos todos, de su trabajo y de su sueldo.
El poeta, dice Mestre, sólo es «testigo de la discrepancia colectiva de su época ante lo inadmisible» y «acaso aquello que hoy genere incomprensión» «algún día haga de todos nosotros el sencillo y buen antepasado que se negó a guardar silencio». No se puede callar, de acuerdo, ante los mordiscos que minas y canteras dejan en el paisaje. Pero tampoco podemos borrar la minería de un plumazo. Todavía es nuestra forma de vida. Y esta es mi jauría. Juan Carlos Mestre dice la verdad, pero su poesía no resuelve el misterio de cómo seguir extrayendo carbón sin dejar puentes derrumbados.