La inquietante familiaridad
Tribuna | ÁNGEL DE FRUTOS SALVADOR
Doctor. Psicoanalista
Había olvidado Freud, acaso, lo que es la vida en sí? Él, que procedía de una familia pobre de origen judío, que había vivido los tres primeros años de su vida en un pueblo de Moravia, de donde hubo de marcharse por la ruina familiar; que se asentó primeramente en Leipzig, pero sólo durante unos meses, pues su familia no llegó a encontrar allí acomodo; y que, finalmente, se estableció en los suburbios de Viena, donde hallarán un pequeño habitáculo en que vivir tanto él como sus padres y sus muchos hermanos.
¿No recordaba que, hasta bien cumplidos los cuarenta años, no pudo saldar las deudas que había contraído cuando estudiaba Medicina y en los diez primeros años de consulta privada, que fueron también aquellos en los que constituyó su propia familia?
Es cierto que transcurrieron veinte años (1895-1915) en que la vida le llega a sonreír, pero siempre con un ritmo de trabajo de doce horas diarias, que se repartían entre la consulta, la redacción de sus escritos y las respuestas a su muy amplia correspondencia.
Una vez acabada la Primera Guerra Mundial, y durante unos años, vuelven de nuevo las estrecheces económicas a su hogar. Si llega a sobrevivir, se lo debe a los pacientes que proceden de EE UU, y que pagan en dólares. Pero estas rentas no le llegan para adquirir su apreciada carne roja, que degusta tan sólo de tar de en tarde; verduras y legumbres se las traen amigos y conocidos de los pueblos que rodean Viena; embutidos, conservas y otros manjares se los envían desde Inglaterra sus sobrinos. Sin embargo, la calefacción tenía que estar apagada, y los puros, imprescindibles para la elaboración de su obra, muy restringidos.
Pues bien, en las librerías vienesas, recién acabada la Guerra, en 1919, se podía leer un artículo suyo titulado Das Unheimliche (La inquietante familiaridad) −traducido con frecuencia por Lo siniestro , incluso por Lo ominoso −, donde a partir de este término alemán, que configura el genio de esta lengua, dibuja la condición humana. Es difícilmente traducible a otra lengua, lo que no le impide a Freud hacer un recorrido tanto por las lenguas clásicas como por las actuales más conocidas, para constatar lo que ya sabe: que sus varios sentidos y múltiples resonancias son intraducibles, no se pueden transportar. Das Unheimliche recuerda Das Unbewusste , (el inconsciente).
Esta voz, Das Unheimliche , elevada por Sigmund Freud a la categoría de concepto, ha estado descuidada habitualmente, a excepción de Jacques Lacan, en la tradición psicoanalítica del siglo XX: así, no aparece en ninguno de los diccionarios de psicoanálisis que se han venido publicando hasta los años ochenta. En esos años, lo redescubre el mundo d el arte y de la literatura. Hoy es uno de los conceptos fundamentales, no sólo del psicoanálisis sino también de la cultura contemporánea. Schelling −a quien Freud sigue− lo define así: «Se denomina -˜inquietante familiaridad-™ todo lo que debiendo permanecer secreto, oculto-¦ no obstante, se ha manifestado.» Para Freud, es una forma de angustia procedente de lo familiar que ha sido reprimido,
y que ha retornado de la represión o borradura, ( Verdrängung ).
Aquella Primera Guerra Mundial hace patente que la cultura, la que había dibujado una primera Ilustración, no consigue transformar la condición humana, en la manera que se había pensado; al contrario, se puede decir que cierto tipo de cultura, que no deja de ser ilustrada, recrudece dicha condición. Se impone, pues, encontrar otra vía, la cual, en cualquier caso, no pasaría, ni para Freud ni para Lacan, por invocar cierto concepto de progreso. Por otro lado, esta Guerra, también conocida como la Gran Carnicería, provoca millones de muertos y unas condiciones de vida muy precarias. Como si lo que este impensable acontecimiento bélico se llevara por delante fueran no sólo las flores que surgieron en el mundo de la cultura, sino también el pan y la sal de la vida.
No se sabe qué se han llevado por delante, en nuestro país, los últimos decenios del siglo XX. Lo que sí se sabe es que la condición de posibilidad de la transición española fue, según se ha dicho, perder la memoria, y salirse por la ilusión de una prosperidad que se ha demostrado falsa; pérdida que puede haber traído consigo el descuido de la lengua, el deterioro de las enseñanzas tanto medias como universitarias, la desatención de la lectura así como de la creación.
Pero, en estos dos últimos años, sí está surgiendo algo insoportable, inquietantemente familiar, para muchas personas, para muchas familias en la vida cotidiana de sus economías. Después de años de aparente bonanza, y algo de despreocupación, se presenta de pronto «el otro lado del jardín», que no es algo del todo nuevo, pues todas las familias conservan relatos del hambre y de las estrecheces de posguerra. Tales relatos, así pues, dormían como si estuvieran detrás de este pesimismo, de esta súbita desconfianza en la economía, cosa sin igual en la Europa occidental. ¿Podrá devolvernos esta crisis la memoria? ¿Podrá despertarnos del sueño y, así, dar cuenta de los recuerdos dramáticos? ¿Nos atreveremos a saber aquello de lo que nada queríamos saber?
No se sabe, en este tiempo nuestro, qué duendes se empeñan en querer hacernos olvidar lo que siempre se ha sabido: que el vivir, que la vida, como recuerda el poeta, va en serio, y que obran conjuntamente -“como recuerda Freud-“ Eros y Thánatos, Thánatos y Eros.